Alquimia

Lo más destacado del sueño es que se jugaba el España-Hungría.

De no ser así no entiendo la gran nevada que comenzó a caer en medio del partido: los copos de nieve enormes, a jirones parecidos a trozos de lana, cayendo plácidamente en medio del delirio de las bufandas multicolores de los hinchas y de las pancartas de apoyo a los judíos húngaros presos.

A través de la pantalla del televisor pude ver la nieve cubriendo al linier que corre hasta el córner donde caen el niño Torres y un sujeto indeterminado que, a simple vista, me trae recuerdos de Zapotek, enjuto el rostro y calzados los pies con unas botas de corte militar. Por mi parte, no quiero desafiar al frío y llevo puesto un abrigo largo de color burdeos, aunque la cabeza la llevo despejada.

Estoy delgado, el rosto como hace casi veinte años, pero con marcas profundas llenando los párpados.

No sé qué espero.

Tiene que ser que ando por Budapest porque atravieso un puente que se me hace inmenso, el Széchenyi Lánchid según un cartel a mi derecha, y nadie hay por la calle. Tampoco tráfico. Un coche que solitario rompe silencio y, al desaparecer, lo arregla.

Luego una ambulancia con urgencia sonora, algunos perros junto a la basura de un contenedor verde metálico, unos córvidos negros destacando sobre el cielo. Desde el puente puedo observar el agua ennegrecida del Danubio, pequeñas olas rompen contra los atraques de los ferrys, vacíos, esta noche.

Paso por dos o tres escaparates. No acierto a entender qué dicen los rótulos iluminados, pero en los televisores (CRT, nada de plasma en las pantallas, nada de LCD ni TFT) veo que Hungría va ganando a España mientras cae la nieve sobre la ciudad y el campo de juego. En España ya habrían suspendido el partido.

Sé que voy a su casa, y, si me vieras, parece que ando algo ilusionado, contento. Avanzo con decisión por la calle Bésci. En las botas, mis pies helados, sienten cada paso, como si fueran de plomo golpeando el piso. Dejo a un lado la estación de Erzébet y enfilo la calle 6 de octubre.

La noche ha caído, pero los edificios son los mismos que los que circundan la plaza de la Merced, en Málaga y las viejas farolas de la plaza, de hierro negro forjado y luces amarillentas, iluminan las fachadas grises que, sin mucho sentido, van cambiando a un color cobrizo, a verde oscuro, a morado. A mi derecha hay un parque infantil que casi ha desaparecido bajo el blanco. En algún momento, en esa misma plaza, una muchacha rubia me ha lanzado bolas de nieve en otra vida, o he jugado con ella a esconderme en los macetones mustios bajo el invierno.

Entro en un portal. La iluminación es tenue. Las paredes son tristes como un café con crema frío sobre la mesa. Las escaleras son amplias y parece que en otro tiempo aquella finca fue habitada por gente señorial. Parece que todo rezuma su presencia aunque hace años que se fueron, que saltaron al otro la lado, que dejaron el ser y volvieron a la nada.

Avanzo con lentitud.

He perdido toda alegría.

Me incomodan los faldones del abrigo y noto los pies resquebrajados por la humedad. Los zapatos no son impermeables: si ascendiera por una loma del Everest tendrían que amputar mis pies, si llegase al campamento base. En cierta manera, esta ascensión puede costarme una parte del cuerpo, la movilidad, el olfato, la vida misma.

La puerta de su casa está abierta. Entro sigiloso, como temiendo descubrir qué hay dentro. Dejo de lado la puerta de una salita. Alguien está viendo allí el partido. Camino por un pasillo largo. Los techos son altísimos como el dolor en un poema de Altolaguirre.

Ella está en su cuarto. Toda la habitación está en desorden. Sobre una silla ropa interior, camisetas, unos calcetines. Ella me ve y sale como si yo no existiera. Pero me esquiva al pasar y noto su aroma y llega a mirarme traviesa y triste. Camino tras ella y regresamos a la salita donde un hombre joven, bien vestido me dice que qué hago allí, si no me da vergüenza, y salgo, humillado, hacia la calle. Este dolor me lo he provocado yo mismo, lo sé, camino cabizbajo. Y nieva.

Y todo es, aún, más y más oscuro. Y sé que aunque la estructura de mis sentidos es propia de un animal, nada en mí distingue las formas en la noche ni el olor oscuro de sus elementos. Y aunque quisiera llorar o arrancarme los ojos simultáneamente, me tumbo sobre la nieve y espero que nadie me vea. Y quedarme allí para siempre.

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