Cummings

Fue uno de esos días en los que te llamaba a todas horas
y pasaba por la puerta de tu casa
dos o tres veces
con la sana intención
de hacerme el encontradizo,
de que me miraras
con esa mezcla de angustia y satisfacción
mezcladas a partes iguales en tus pupilas:
una tú que quería que me extinguiese
—para siempre, como los dinosaurios—
y la otra tú, la alegre, la que disfrutaba
de saber rendido a este animal,
en la dialéctica del amorodio
de la que tanto hemos hablado.

Pero fue tuya la culpa por entero, tuya,
la de llevarme con tu caminar ágil
hacia un video club, tuya el parar
a llamar a alguien desde una cabina,
de escoger la última peli de Woody Allen
de hace treinta y un años,
de hacerme profundamente viejo
al pensar que casi todo mi pasado
se ha ido deshaciendo en un futuro
que no tiene nada que ver
con ése en el que pensaba,

no es ni mejor ni peor,
es el que escogimos vivir,

si lo pienso mucho
es como el tema de Cummings,
y esos poemas de amor
como una enredadera,
como el verbo roto y atropellado,
como el final del amor en tiempos del cólera
recreado una y otra vez por tu mente,
esa ficción adolescente
del amor eterno
hecho el temblor de mis manos al tocarte,
tan sutil, tan breve,
como esta súbita nostalgia por lo que nunca fue
ni será,
ni es posible
que acierte sobre las palabras
y el juego de los bestias en el patio
y la bendición de abril
que él me dijo
que fue tu cuerpo
mientras los días pasaban
y tus piernas no eran más
los árboles del sueño
en los que quería guarecerme

los días de entonces se fueron agotando,
como se agota un manantial y no renace,
y la tarde sabe ya de tantas despedidas
que cuando la noche la alcanza
deja ya, por fin, de esperar,
esa primera hoja caída
que anuncia la bendición del otoño,
y la arruga abierta entre los ojos
se transforma
en el mal presagio que va llegando,

pero,

fue ese día en el que cummings
se apareció por mi vida
cuando tú empezaste a despedirte,
a convertirte en un iceberg
que se derrama en el mar del tiempo,

y él permanece aquí,
a escondidas,
agazapado,
escribiendo por el huerto,
al acecho del gato, serio, adusto,
el que dibuja con carboncillos,
sin pronunciar apenas una palabra,

pero como tú y yo nos fuimos
el uno del otro
lentamente,
hemos aprendido
que todas las estaciones se terminan,
que cada una de las estrellas que miramos
acaban por consumirse o consumirlo todo,
y así fue ese tiempo de estar juntos,
apenas nada,
mientras espero a que la lluvia
me enseñe de nuevo
tus manos tan pequeñas,
pero todos sabemos que ya no importan,
que ya no nos sirven los reencuentros,
que estamos abonados a las despedidas.

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