Los pecios del naufragio

He visto a una virgen volar con sus alas abiertas
la quilla de un barco convertida en madero donde el náufrago
utiliza sus manos como los mejores remos
y la furcia del mascarón de proa
deshecha en añicos mira de frente al cielo mientras flota
la carta náutica,
el sedal con el que el almirante
de esta flota se limpia el entresijo de su alma
y los dientes le relucen entonces como marfil de sierra leona
oh sí, amor,
lo que he visto es lo innombrable
el medidor de la lluvia caída convertido en orinal de los dioses
el martini blanco como elixir y pócima en la boca del ángel
que acuña en su cuerpo, en su cuerpo y el mío,
monedas nuevas
que no
se cambiarán con el alba
en carbón o ceniza,
luz intermitente, luz de la montaña que guía
a los últimos marinos que han contemplado
como esta nave y su tripulación
the real crew
han vendido
su alma
de nuevo
a su diablo,
porque para cada uno de nosotros está escrito
que el destino y su principio
la naturaleza celular
de nuestro final
el mundo que se vende
a través de este prismático
esta atalaya de dios,
este vibración sin tregua
donde los monos que mueven los engranajes de Enigma
descubren
que el mal
no son las letras que desvelan
los principios del universo
ni el encendido corazón de la noche
en el altiplano voraz del sueño
ni la herencia de Góngora
ni su despojo
sólo los lares que la sal deja en el cuerpo
su astracanada
la potencia elevada a mil de la fealdad de Lovecraft
el canon de lo pasado
la doncella
donde radica el fin
de todo lo pasado.

La sierra que se recorta contra el cielo
alberga todavía secretos
que nada serán
cuando el naufragio
alcance
esta costa da morte.

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