somos el fuego

Diomedes arrojará su cuerpo a las aguas del Escamandro, pero Aquiles no lo sabe

Le sucede a veces a los grandes hombres
que combaten con toda su fiereza:
encuentran donde sólo queda ceniza
el rescoldo de lo que un día fueron
y se lanzan una y otra vez a la batalla

tú deberías aprender
de los hombres que no lo hicieron,

si hubieras conocido a Quinto de Esmirna
y conocido su sabiduría
no lamentaría ahora tu madre
tu pérdida
ni vestirían de luto
las doncellas de la llanura

porque ninguno de aquellos
que desafiaron a los dioses
y se vistieron de oro e incienso
supieron apenas
mantener cerrada
sus armas y aceradas las bocas

y todos han cruzado la frontera
de los que no merecen vivir
la eternidad de su castigo

preferible es ser como Tersites
y que te sorprenda que la belleza
robada a quien la vida he quitado
sea capaz de sobrecogerme
como el mar a un anciano

sería mejor vivir eternamente
desprovisto de memoria

y no saber que soy como esos hombres
que desafiaron a los dioses

y no conquistaron su cielo

sólo cenizas
sobre esta tierra.

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Naturaleza muerta

Para los que piensan que la vida es cosa ligera
como la naturaleza del vuelo de las grullas en invierno
o la zancada hábil de la garza en la laguna
les pido que miren atentamente
que observen a esta naturaleza muerta
sentada frente a vosotros

dedicadle sólo unos segundos

que pocos saben que cuando despierta el dolor
y se nubla la tarde
y la mañana se oscurece
y en la noche no hay estrella que brille
y se comprende que toda esta dicha conlleva
que algún día llegarás a apreciar
su territorio sin cuerpo
y que esa extensión
lo anuda todo
lo envuelve todo
y todo lo llena

y decides que la vida es este puente inmenso
elevado sobre las aguas del océano
frente al que te tiendes
una mañana de verano

y te das cuenta
que aprendes con dificultad
las verdades esenciales,
pues
tal vez
se tarda demasiado tiempo
en saber que las nubes son como los miedos
cuando creces y aún no comprendes
que el precio de vivir es la conciencia
y asumes que el miedo es el pánico a que este coche
abandone el trazo de las líneas blancas y negras
y caiga al agua
y te arrastre en él
y de repente
la vida
se termine

y es tan fácil

que te das cuenta e intuyes
que si cabe en el pico de la cigüeña
que se hunde en la charca
y atraviesa con fiereza el invertebrado
espacio en el que vive la rana
está también en la semilla
del diente león que huye
de la palma abierta de tu mano

Y que todo sucede
mientras tú respiras

y que en el cielo
no se detienen las estrellas
y que no es cierto
que nadie
al otro lado
nos espera

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Un hotel cerca de la costa (2)

fueron las gaviotas las que me levantaron temprano

casi amanecía

recogí las latas de cerveza de la terraza
y vacié el cenicero mientras observaba
cómo el océano iba clareando su color

unas barcas de pescadores
se arrimaron a la orilla

busqué con la mirada en el paseo
un bar abierto

dentro
las tres dormían
y salí a la calle

me crucé con un perro tuerto
que me miraba con su ojo ciego

con una señora que me dio los buenos días
y no supe qué contestar

el café me supo amargo
y pensé que la leche del día anterior
se habría agriado en la jarrilla metálica

hojeé el periódico
mientras bebía

el mundo seguía igual
en el mismo sitio
donde se había quedado

y encendí un cigarro
mientras volvía al hotel

caminaba despacio
como un hombre en vacaciones

no corría aire
y las banderas de la puerta estaban mustias
caídas hacia el mástil donde se sostenían
como el cuerpo sin vida
del vecino yonqui
que se colgó de su balcón en el barrio
cuando yo era un niño

y pensé en lo fácil
que era afrontar el destino

y apuré la última calada
mientras tosía

y supe que aquel día
lo pasaríamos bien
jugando con la arena

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Un hotel cerca de la costa

una noche
cuando aún eran pequeñas
y viajábamos en el mismo coche
de vacaciones hacia el verano
cerca de la costa
hicimos noche
en un viejo hotel

fuimos a cenar a un restaurante
que se montaba sobre la arena de la playa
y en la barra
como una pequeña sorpresa
puesta allí para el amanecer
sonaba un aria

cuando aún eran pequeñas
aquella noche
las conduje de la mano
hasta su cama
y esperé a que se durmieran
atento al más ligero de los sonidos

y luego nos sentamos
en la terraza del apartamento
a beber una cerveza
sin decirnos una palabra

una noche
cuando aún eran pequeñas
y la vida nos parecía
que nunca
que nunca podría parar

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ezer kenegdó

Hay personas que aman

reciben el encargo
de algún dios o diosa

para ellos se convierte
en imperativo absoluto
ese de amar a alguien
que no les corresponde
ni les protege
como si de una ninfa esquiva
o de una amazona reina se tratase

y se busca el lugar donde reside
y se realizan indagaciones

cualquier lugar es un válido
hasta que se descubre donde habita

entonces el hábito cambia

estos seres que aman
se tornan lustrosos
y pasan frente a su puerta
como si en su interior
se asistiese a un parto
o a un hecho extraordinario
que pudiera cambiar su vida,

como si allí se tejiese
desde cero la historia,
su historia

pero es allí
frente a la puerta cerrada
donde meditan en voz baja
y apenas se pueden oír unas risas
y el ahogo entrecortado del deseo,
y cualquiera pudiera imaginar
una mesa despejada por la mano libre
y una y otra vez
el cándido temblor
de un tren de mercancías
en ciernes

es allí donde descubren de repente
que hay personas que aman de verdad
y que están tejiendo una historia
que no es la suya,

y que no importa
si son o no son felices

porque mientras la vida se termina

y el tiempo se agota
y el demonio les susurra
montado en un dedal
para llegar a la altura de su oreja
que tu ezer kenegdó te ha destruido.

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Cruzar el Ródano

Cruzar ahora el Ródano
ahora que ha caído la noche
y los caballos desean descansar
y sólo se escucha el agua
fluir
sin descanso
como la sangre en una arteria
de un animal eterno

he dado la orden ahora
de vencer a un imperio
de asestar el golpe más fiero
de aniquilar a sus tropas en la batalla
y cuando menos lo esperen
lanzaré a los más aguerridos
de nuestros hombres
a vencer su retaguardia

cruzar el Ródano
ahora
lo es amor
lo es todo

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La mañana del día en que murió mi padre

La mañana del día en que murió mi padre
me entretuve en escoger una corbata elegante
con la que amortajar su cuerpo.

Las miré una a una
escruté en sus bordes
el uso y su cuidado

y entre todas ellas
seleccioné la que parecía
la más antigua y la más usada

una corbata que daba la impresión
que aquella podía haber sido
una de sus favoritas

quizás la mismísima corbata predilecta

recordé cómo solía prepararme
el nudo simple o el Windsor
cuando aún no sabía
anudarlas
a mi cuello

y realicé el simulacro
de portar su corbata
y en vez de apretar el nudo
la saqué evitando mis orejas
y la dejé preparada
tras la puerta de mi dormitorio

y aunque mi intención era llevarla conmigo
y que acompañara a su mortaja camino del incinerador
la olvidé allí
y durante ciento trece días la he estado contemplando
y he pensado en mi padre cada día
y he pensado en que quizás
la corbata que acompañó
a su traje a medida
no fuera
la que más le gustaba

y he pensado también
en lo poco que importan
una vez que mueres
estas cosas fútiles

y en cómo nos importa
el baldío menester
de todo lo que nos acontece

y en lo fácil que resulta olvidar
que no viviremos
para siempre.

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Komarov

Tenía que llamarse Vladimir Mijáilovich
Komarov
casi Kamarada
porque para enfrentarse a un destino trágico e inútil
Vladimir es un nombre adecuado

(aunque toda vida pese lo mismo
cuando termina la existencia

, pero
para recibir medallas póstumas
homenajes
para que le den tu nombre a un asteroide
y a uno de los buques de seguimiento espacial de la Unión Soviética
y también a la escuela de pilotos militares de Yeisk o

oh sí
a un cráter lunar,
y también para que avispados aficionados a los cohetes en Liubliana, Eslovenia
decidan llamarse el “ARK Vladimir M. Komarov”
o para que la Organización francesa Fédération Aéronautique Internationale’s hicera un Di-plo-ma llamado V.M. Komarov en su honor
pero no merecía una estrella,
ni darle su nombre a un planeta
-aunque fuera lejano-
,
pero sí a un simple trozo de tierra
de los que vagan
inertes
por el espacio

pero
nadie merece saber
la opinión de Valentina
ni nadie
merece saber
cuántos días lloraron
Yevgeni
e Irina
(todo nombre será un abismo
cuando pierda la consciencia)

mas nunca podrán volar
tan alto
como
el camarada
Komarov

ya nunca
ahora que su luz se extingue
como el polvo solar de nuestra estrella
en el frío profundo
de la galaxia

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Yo haría por cantar una saga eslava si quisieras (1.2)

en ese país
donde alguna vez vivimos
como dos rupias de oro
en las manos de un esclavo

no fuimos más
que ángeles narcotizados
por una marea negra

ahora te desvaneces

como una palabra pérdida en la memoria
o el nombre de un corsario que una vez supiste
y ya no

así que tú mientras
en algún otro lugar
eres una aparecida
a la que ponen velas blancas
por la que queman incienso
y comparten la maría
en atestados campos de mangos
con el único empeño
de verte feliz
o eso pretenden
mientras allá adonde voy
fallecen los abedules
uno tras otro
para que permanezcas

y en ese empeño
ya haría por cantar
una saga eslava entera
-sin parar-
si quisieras.

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