Rollerball

Me deslizo por el hielo que recubre el velódromo enfundado en un traje ceñido para caminar por la nieve de un color azul y blanco.

Llevo la mano izquierda contra la espalda. En ella, una pelota de plástico del tamaño de una naranja, pesada y rugosa, como si fuera de golf. La mano derecha, que se mece al ritmo que marcan incansables mis pies, porta una maza de hierro.

Me muevo como si me fuera la vida en ello, mas no veo nada: un enorme foco me ciega y apenas alcanzo a definir la espalda de algún que otro corredor.

Conforme me acerco a ellos, los golpeó sin piedad y caen al suelo, ensangrentados. La multitud entonces ruge.

El ruido lo llena todo.

Ensordecido y ciego, me desplazo contra el miedo.

Debe de ser un estadio de rollerball por el que corro sobre el filo de acero con el que corto el hielo.

Alguna modalidad extraña del juego.

Saberlo da miedo.

Y corro, corro, corro, como si me fuera la vida en ello.

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