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Rollerball

Me deslizo por el hielo que recubre el velódromo enfundado en un traje ceñido para caminar por la nieve de un color azul y blanco.

Llevo la mano izquierda contra la espalda. En ella, una pelota de plástico del tamaño de una naranja, pesada y rugosa, como si fuera de golf. La mano derecha, que se mece al ritmo que marcan incansables mis pies, porta una maza de hierro.

Me muevo como si me fuera la vida en ello, mas no veo nada: un enorme foco me ciega y apenas alcanzo a definir la espalda de algún que otro corredor.

Conforme me acerco a ellos, los golpeó sin piedad y caen al suelo, ensangrentados. La multitud entonces ruge.

El ruido lo llena todo.

Ensordecido y ciego, me desplazo contra el miedo.

Debe de ser un estadio de rollerball por el que corro sobre el filo de acero con el que corto el hielo.

Alguna modalidad extraña del juego.

Saberlo da miedo.

Y corro, corro, corro, como si me fuera la vida en ello.

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Alquimia

Lo más destacado del sueño es que se jugaba el España-Hungría.

De no ser así no entiendo la gran nevada que comenzó a caer en medio del partido: los copos de nieve enormes, a jirones parecidos a trozos de lana, cayendo plácidamente en medio del delirio de las bufandas multicolores de los hinchas y de las pancartas de apoyo a los judíos húngaros presos.

A través de la pantalla del televisor pude ver la nieve cubriendo al linier que corre hasta el córner donde caen el niño Torres y un sujeto indeterminado que, a simple vista, me trae recuerdos de Zapotek, enjuto el rostro y calzados los pies con unas botas de corte militar. Por mi parte, no quiero desafiar al frío y llevo puesto un abrigo largo de color burdeos, aunque la cabeza la llevo despejada.

Estoy delgado, el rosto como hace casi veinte años, pero con marcas profundas llenando los párpados.

No sé qué espero.

Tiene que ser que ando por Budapest porque atravieso un puente que se me hace inmenso, el Széchenyi Lánchid según un cartel a mi derecha, y nadie hay por la calle. Tampoco tráfico. Un coche que solitario rompe silencio y, al desaparecer, lo arregla.

Luego una ambulancia con urgencia sonora, algunos perros junto a la basura de un contenedor verde metálico, unos córvidos negros destacando sobre el cielo. Desde el puente puedo observar el agua ennegrecida del Danubio, pequeñas olas rompen contra los atraques de los ferrys, vacíos, esta noche.

Paso por dos o tres escaparates. No acierto a entender qué dicen los rótulos iluminados, pero en los televisores (CRT, nada de plasma en las pantallas, nada de LCD ni TFT) veo que Hungría va ganando a España mientras cae la nieve sobre la ciudad y el campo de juego. En España ya habrían suspendido el partido.

Sé que voy a su casa, y, si me vieras, parece que ando algo ilusionado, contento. Avanzo con decisión por la calle Bésci. En las botas, mis pies helados, sienten cada paso, como si fueran de plomo golpeando el piso. Dejo a un lado la estación de Erzébet y enfilo la calle 6 de octubre.

La noche ha caído, pero los edificios son los mismos que los que circundan la plaza de la Merced, en Málaga y las viejas farolas de la plaza, de hierro negro forjado y luces amarillentas, iluminan las fachadas grises que, sin mucho sentido, van cambiando a un color cobrizo, a verde oscuro, a morado. A mi derecha hay un parque infantil que casi ha desaparecido bajo el blanco. En algún momento, en esa misma plaza, una muchacha rubia me ha lanzado bolas de nieve en otra vida, o he jugado con ella a esconderme en los macetones mustios bajo el invierno.

Entro en un portal. La iluminación es tenue. Las paredes son tristes como un café con crema frío sobre la mesa. Las escaleras son amplias y parece que en otro tiempo aquella finca fue habitada por gente señorial. Parece que todo rezuma su presencia aunque hace años que se fueron, que saltaron al otro la lado, que dejaron el ser y volvieron a la nada.

Avanzo con lentitud.

He perdido toda alegría.

Me incomodan los faldones del abrigo y noto los pies resquebrajados por la humedad. Los zapatos no son impermeables: si ascendiera por una loma del Everest tendrían que amputar mis pies, si llegase al campamento base. En cierta manera, esta ascensión puede costarme una parte del cuerpo, la movilidad, el olfato, la vida misma.

La puerta de su casa está abierta. Entro sigiloso, como temiendo descubrir qué hay dentro. Dejo de lado la puerta de una salita. Alguien está viendo allí el partido. Camino por un pasillo largo. Los techos son altísimos como el dolor en un poema de Altolaguirre.

Ella está en su cuarto. Toda la habitación está en desorden. Sobre una silla ropa interior, camisetas, unos calcetines. Ella me ve y sale como si yo no existiera. Pero me esquiva al pasar y noto su aroma y llega a mirarme traviesa y triste. Camino tras ella y regresamos a la salita donde un hombre joven, bien vestido me dice que qué hago allí, si no me da vergüenza, y salgo, humillado, hacia la calle. Este dolor me lo he provocado yo mismo, lo sé, camino cabizbajo. Y nieva.

Y todo es, aún, más y más oscuro. Y sé que aunque la estructura de mis sentidos es propia de un animal, nada en mí distingue las formas en la noche ni el olor oscuro de sus elementos. Y aunque quisiera llorar o arrancarme los ojos simultáneamente, me tumbo sobre la nieve y espero que nadie me vea. Y quedarme allí para siempre.

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Inventario

proviene del invierno
de inventariar aquello que se posee
de inventar objetos
de ser mediocremente
invencible
enumerar uno tras otro
aquello que se posee
ahondar en lo privativo

el pasado es una cifra
algo parecido a una carga
al viento que se cuela bajo la cortina sucia

es invierno que crece en primavera

una cifra imposible de libros
cientos de compactos con música que ya no escuchas
películas con sus carátulas
un calentador que ya no funciona
pufs húmedos de cuero que habrás de tirar a la basura
papeles quemados en la chimenea
diarios de otros que no miras
cartas de otra vida
un post de personas
que mantienen su silencio

cervezas calientes que tiras por el fregadero
hubiera estado bien
hace mil años
decidir ser una estrella de rock
no un poeta

pero cada uno escoge su propia condena
cada uno decide si la pastilla azul o la roja

se decide si hoz o martillo
y las reivindicaciones primeras
en la revolución del proletariado del campo
y el plomo o el sedal

esta es la realidad

lo que hay detrás
de los monstruos que despiertan
y quieren hablar con K. en la mañana

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Lo difícil va a ser entendernos

Caminábamos juntos a lo largo de la calle Peterskaya. Hacía una mañana de agosto calurosa como pocas y nos habíamos detenido en un Mac Donalds para comprar unos cucuruchos de helado de fresa, aunque la fresa no me gustaba mucho.
Pagó ella. Dejó unos billetes sobre la barra y en un segundo los vi en el cajón portamonedas de la caja registradora.
Es hermosa, me digo, mientras me siento feliz viendo cómo su lengua áspera, como la de un gato, va laminando capa a capa la bola de helado: en sus comisuras afloran unos pequeños bigotes de fresa que me hacen reír.
Ella se limpia con una sonrisa y al alzar su mano veo su seno izquierdo aflorando pequeño y blanco, como un iceberg, sobre la camiseta y siento que deseo acostarme con ella, ahora, inmediatamente, pero la sensación dura apenas unos segundos y le toco la frente con los dedos, alzando su flequillo, en un gesto dulce, me parece.
Caminamos calle arriba. Nos encontramos con un grupo de jóvenes vestidos de soldados del ejército rojo, con sus estrellas rojas anudadas al cuello por una cinta dorada, cantando con voz grave de tenor, al unísono, en una esquina desde la que se pueden ver las cúpulas de una iglesia ortodoxa. Un grupo de gansos cruza el cielo y pienso en Nils Holgersson diminuto a lomos de uno de ellos hacia un destino incierto. Nos paramos junto a otras personas frente a los soldados que, cuando terminan su canción, ante nuestros aplausos, hacen un reverencia profunda que casi les inclina hasta el suelo. Unas hormigas, con las siglas CCCP sobre el lomo, arrastran un tronco de malva y pienso en que antes o después, tanto ella como yo, vamos a estar muertos. Irina me comenta lo hermosos que son los muchachos y deja unas monedas sobre el gorro de piel que extiende uno de ellos.
A mí me da cierta pena y se lo comento. ¿Por qué?, me pregunta, le digo que esperaba que fuéramos a su apartamento y que hiciéramos el amor sobre su cama pequeña, como unos días atrás. Se detiene y me mira fijamente, sinceramente sorprendida:
– Qué bien hablas ruso.
– A mí, lo que me sorprende, es que hables tan bien mi idioma.
“Lo difícil va a ser entendernos”, me dice, dulcemente, mientras se aleja calle abajo. Trato de seguir sus pasos, pero una cuerda me retiene frente a una tienda de antigüedades y la veo perderse entre la multitud. Pasa otra bandada de gansos que viajan al Sur. Empiezo a volar para unirme a ellos y me doy cuenta de que soy una cometa, gobernada solo por el viento.
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Blast

Camino hacia el trabajo vestido con el traje de un hombre muerto y aún no ha amanecido.

Hay un cierto aire de ciudad portuaria, de niebla queriendo avanzar, hay también un poso fantasmal en el tráfico y, sobre todo, hay algo inquietante: el amanecer es de pájaros callados y cada vez que paso junto a un árbol siento un agudo escalofrio.

Y acelero el paso.

Me encuentro con alguien que no logro identificar, pero nos saludamos y casi podría decir que hablamos el uno con el otro cordialmente. Puede que la cordialidad sea fingida, es cierto, pero me quedo sin habla cuando en vez de estar en el hall del edificio acabamos de atravesar una puerta que nos ha situado en el inmenso interior de la T3. Me quedo sólo y veo que arrastro en mi mano una pequeña maleta de viaje, el informe sobre el estado de las reservas de oro del Banco Vaticano y un traje de tweed color crema que me da un aire aniñado.

A vista de pájaro, me veo con un tupé a lo Rimbaud encanecido y aunque me veo desorientado, sin saber si tengo que avanzar o no hacia los mostradores de embarque, sonrío como un dios travieso.

He debido tomar un avión, viajo en clase turista y me tranquiliza saber que las reservas del Vaticano se mantienen en un aceptable cincuenta por ciento. Suena el teléfono. La azafata me dice que responda sin miedo. Hay muchos ruidos que no reconozco y por la ventanilla, sucia y empañada veo que en las alas han escrito con letras inmensas “tupolev” y todo me empieza a inspirar una gran desconfianza. Como en una película de los años cincuenta, observo como el avión se inclina para acercarse a las pistas de aterrizaje y sobrevolamos el palacio de invierno.

Sin previo aviso, una fuerte explosión desmembra el aparato y siento un gran alivio al ver que floto en el aire y que dulcemente llego al suelo.

Estoy sentado en mitad de ninguna parte. Hace un frío terrible y unos coches negros de la vieja KGB se acercan. Me pongo en pie. Y un agente me dice, serio y en perfecto ruso, deberías haber muerto, como Hammarskjöld.

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