El pozo

De pequeños nuestro padre

compró una finca cerca de Córdoba.

La finca no tenía agua.

Llevábamos una nevera 

con cerveza, refrescos y tortillas,

filetes empanados,

patatas de bolsa,

un termo de café,

una sombrilla de playa,

un balón,

la comba.

Creo que a ninguno nos gustaba ir.

A veces mi padre hablaba con mi madre

de arreglar la caseta.

Pondrían luz,

habría un pozo.

Un día fue un zahorí y recorrió el terreno.

Sacó un péndulo del bolsillo,

marcó con una piedra y unas ramas 

el lugar donde se tendría que cavar.

Mi padre contrató a unos poceros

que cavaban en círculos

formando una galería

que buscaba el centro de la tierra.

Un pozo sin agua no es un pozo

Le dijo mi madre a mi padre

y unas semanas más tarde

vendió su pequeña finca.

A veces, así son los sueños:

alguien marca en el horizonte un destino;

alguien marca en la tierra nuestro fin;

alguien traza en las estrellas el rumbo,

pero más allá del horizonte, 

de la tierra y las estrellas,

no hay nada.

Y nuestros sueños se excavan.

Y no se encuentra agua.

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