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Camino arriba

Cuando era niño a mi padre
le gustaba hacer el camino
que subía hasta Gibralfaro

todavía calle Alcazabilla era un recodo del bosque
por el que por sorpresa la ciudad desaparecía
y avanzabas por una carretera sinuosa
hasta lo alto del cerro
donde una fortaleza en ruinas
contemplaba la ciudad

la mano de mi padre era un nido,
el cabo de una cuerda
por el que era fácil trepar,

y mi padre caminaba a buen ritmo,
pero cuando coronábamos la cima
jadeaba y sudaba y escondía los ojos
bajo unas gafas de sol
de lentes gruesas y oscuras
que no te permitían saber
qué se ocultaba tras sus ojos

apenas mascullaba unas palabras durante todo el camino,
me advertía de los nidos de procesionarias,
de lo malo que era ser yonqui,
de lo hermoso que era el mar cuando salían a pescar
mi padrino y él los fines de semana
y cómo los peces de colores se vuelven grises
cuando los sacas del agua
y se agitan
y se mueren

y si sentía un mochuelo cerca nuestra recordaba
aquel pobre pájaro que le sirvió de merienda, almuerzo y cena
un día de esos en los que después de la guerra
siempre tenía la sensación
de estar hambriento

cuando era un niño a mi padre
le gustaba ver las ruinas de la alcazaba
y se fumaba un Winston mientras miraba el mar
recostado en un muro derruido
y tiraba a los pozos piedras negras
que se guardaba en el bolsillo,
camino arriba,
y las colillas de cigarros
apuradas hasta el filtro
las pisaba sobre el suelo de grava,
pero,
en algún momento,
dejamos de hacer ese camino,
dejamos de caminar juntos
un día que no puedo concretar el memoria,
y ese instante se ha convertido
en algo que se dejó de recordar
como ya nadie recuerda al mono
de la esquina
de la gasolinera Alaska

y un día de estos
no quedará nadie que recuerde a mi padre

y su paso por esta vida será igual que la de un mono

y también se morirán mi madre
y mis hermanas,
y yo mismo,

y mis hijas y las hijos de mis hermanas
se irán también,

y nada quedará de nosotros

y nada habrá que nos recuerde

y nada cambiará en el mundo

ni oscilará la fuerza en el universo
ni a ninguno de nosotros nos importará una mierda
la ruta de los pájaros que migran

aunque eso sí,

cuando era niño
a mi padre le gustaba hacer el camino
que ascendía hasta Gibralfaro
y guardarse piedras, sin decir nada, en los bolsillos.

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