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Textos críticos

Una lección de poesía. Canción de amor a Francisco Cabezas escrita por sus diecinueve sobrinos. Juan Manuel González Cabezas. Frato, Málaga, 2023.

Hace unos años, ya casi 17, tuve la fortuna de poder escribir unas pequeñas palabras a modo de prólogo de la poesía reunida de Juan M. González Cabezas. 

Hay ciertas permanencias entre aquel libro En síntesis (1985-2005), que recogía la obra publicada hasta aquel momento, a la presentación que hoy nos reúne. El autor, por un lado. Javier la Beira, por la parte de la edición, ahora junto a Antonio Herráiz. Y último, quien les habla, aunque estoy aquí como central distribuidor, según me han indicado. 

Desde que se presentó En síntesis (lo tengo un tanto borroso, pero debió ser por 2006), que tenga constancia, Juan no ha vuelto a publicar un texto completo como esta Canción de amor.

Si hubiera esperado un par de años más, podríamos haber jugado con la efeméride de los 20 años desde la presentación de su obra reunida. Pero la vida, como la poesía, está llena de momentos inesperados y toma sus caminos, y la ocasión se ha presentado ahora, y aquí estamos.

Cuando leí el nuevo libro de Juan pensé en dos o tres cuestiones que nos vienen a todos los que nos dedicamos al oficio de la poesía. Por un lado, qué es esto de lo que hablamos, qué es la poesía. 

Para mí la poesía es un concepto que bastante claro y concreto en su diversidad, y que tiene que ver con una serie de elementos bastante sencillos, que son comunes entre los poetas y que, por ende, comparto con Juan. 

Lo primero que siempre me pregunto es dónde viene la poesía, cómo surge. La poesía, como fruto de la inspiración, surge sin duda en un momento del todo inesperado. Hay técnicas para que esta fluya y es fundamental tener el pensamiento dirigido hacia el acto de escribir un poema, un acto que consiste y tiene mucho de hacer presente el poema, materializarlo en palabras.

Es un territorio el de la inspiración difícil de localizar en los mapas de la creación. Leonard Cohen nos dice que el territorio en el que nace la poesía es un territorio al que cuesta trabajo acceder y que una vez que se está allí no queremos abandonarlo. Esa dificultad por acceder a la inspiración es por su propia naturaleza que tiene algo de isla de San Borondón, que tan pronto está como no está, y que llega y se halla en los momentos y de las formas más insospechadas.

La inspiración es de radical importancia para los que no somos escritores esencialmente cerebrales, pues la poesía, para nosotros, tiene mucho de atrapamiento, de enajenación y de profecía. Lo que se ha denominado rapto, en el misticismo y en algunas culturas orientales. 

Entre las múltiples lecturas que podemos realizar de los mitos, el rapto de Europa representa el de la imaginación robada por los dioses. De ese rapto de los dioses o de ese ejercicio de evocación de la memoria o visión de lo que nos preocupa, que anhelamos o que deseamos, nacen estos textos que llamamos poesía.

Son los regalos que Europa recibe de Zeus: el collar de Hefesto; el autómata de bronce; la jabalina que nunca erraba y el perro que nunca soltaba su presa. ¿Qué es el collar en la poesía? El adorno. ¿Y el autómata? El artificio. La jabalina, la precisión y el perro de presa, el instinto del poeta. 

No se asusten y permitan que prosiga esta digresión, dejen que nos lleve a considerar otros elementos básicos que debe tener la buena poesía. Por un lado, la libertad y, por otro, el pensamiento profundo. La libertad es un concepto sencillo, pero lleno de limitaciones. La libertad a la que aludo en la escritura de la poesía es plenamente intelectual.

En la poesía, desde el fogonazo de la inspiración, su primera concepción y plasmación en papel, su reposo y su servicio de entrega al lector, la libertad debe guiar cada uno de sus pasos. No hay límite, prohibición, tema vedado o forma que no sea susceptible de formar parte del engranaje del poema. Y pensamiento profundo, porque sin el camino de la abstracción que subyace en el ejercicio del poeta, en su condición de pensador a la par que creador, sin el ejercicio de análisis y comprensión de la propia producción artística realizada, el ejercicio de la poesía no es posible.

¿Cómo la poesía se hace poema? Esa es otra pregunta importante, y a la que deberíamos de tratar de una respuesta sencilla. En mi opinión, la forma en que la poesía accede al poema es mediante la emoción y la memoria del poeta, y esto lo consigue a través de la imaginación y la creatividad. 

Y en la poesía, como en la vida, también hace falta cierta dosis de sentido común. Y como en la vida, la poesía también tiene que a veces romper la barrera del sentido común para volver a conformarse.

Perdonen que me extienda, pero es importante que hablemos del fundamento de la poesía, porque de esta manera podremos apreciar mejor la labor de Juan González Cabezas en este libro.

Para que la poesía sea poesía debe tener adicionalmente un conocimiento del canon, aunque sea para destruirlo y construir uno nuevo. 

A Juan, conocimiento de la tradición no le falta. Hay rasgos que se mantienen en su lírica y que reflejan la inmersión en las corrientes arcanas de la poesía, las que conforman el río de la tradición personal de González Cabezas, cuya escritura bebe de múltiples fuentes, desde los clásicos griegos a los grandes poetas españoles del Renacimiento y del Barroco, nutriéndose asimismo de los parnasianos y simbolistas franceses, o ahondando en los grandes creadores plásticos de los siglos XVI y XVII. 

Del vasto conocimiento de la tradición que alberga Juan obtenemos dos conclusiones: es preciso que el poeta tenga conocimiento y es preciso tomar conciencia de la propia labor que se realiza. 

Es una labor, la del poeta, que tiene mucho que ver con la figura del forajido. El forajido y poeta están en los márgenes de la sociedad, aunque como dice Bob Dylan, los verdaderos forajidos, los ladrones de verdad, los asesinos, son otros.

Traigo a colación este tema porque no me resisto a no citar a Bob Dylan esta tarde, ya que su prosa, cuando reflexiona sobre la función que cumplen determinadas profesiones en el mundo encuentra insospechados puntos en común con las reflexiones de Leonard Cohen. Y también quiero recordar a Mircea Cartarescu esta tarde, puesto que para él la poesía, además, tiene un carácter marcadamente subversivo. 

Hay una buena dosis de idealismo subversivo en su ejercicio, se realice éste mejor o peor. El poeta es un verdadero elemento disidente en un mundo que se descompone.  Me imagino a Juan ejerciendo la medicina, recetando una buena dosis de Rimbaud a sus pacientes aquejados de melancolía: 

“Abandone sus miedos, salga a la calle, conquiste África. Déjese de recaptación de serotonina. ¡Viva!, ¡Viva! ¡Calle!, ¡Calle! ¡Usted lo que necesita es la puta calle!”.

Podríamos decir, si seguimos con esta pequeña lección de poesía que nos ofrece la obra de Juan, que esta es también conocimiento aprehendido, construida sobre voz propia. Este gusto por lo clásico lo advertimos desde Viridiarium. Construcciones clásicas, formalismo retórico con gusto paródico, deconstrucción de la realidad por la torsión extrema de la metáfora, en medio de una sencillez formal engañosa. Ahora que he tenido oportunidad de releer algunos poemas, he pensado si no hay algo del mester de clerecía aflorando entre los versos. 

Amor en Penibética también conformó otro vector característico de la lírica de JMGC que, en Canción de amor a Francisco Cabezas escrita por sus diecinueve sobrinos, es omnipresente: los motivos tomados de la naturaleza, elementos que construyen la realidad a la que alude el poema. Pero es de subrayar que se trata de una fijación por la naturaleza viva, por esos animales que dotan al paisaje de calidez y movilidad.

Otro rasgo destacable en JMGC, que potencia la capacidad de evocación de esta poesía, es la fascinación por ambientes lejanos y exóticos, lo cual revela una voluntad de huida frente a la monotonía de la vida cotidiana. Lo encontramos en “Jardín botánico de Assuan”, de Amor en Penibética y en Los poemas Médicos. Es, podemos afirmarlo, sin sentir rubor, una deuda adquirida con D. Ramón del Valle Inclán.

Estancias nos ofreció una escritura aún más depurada, textos breves de notable intensidad en las que el motivo temático de la muerte y su asimilación al cuerpo y la naturaleza, la reflexión en torno al sentimiento de pérdida y los homenajes desembocan en “Cañada de los gamonales”, composición escrita con posterioridad a Los poemas médicos, pero emparentada temáticamente con Estancias

En Los poemas médicos, cuyo título ejemplifica el aprecio del autor por la cultura oriental, a la vez que constituye un guiño inteligente a su profesión, surge una variación estilística: el acercamiento a la cultura popular, próxima al universo del flamenco, manifestada en el uso intencionado de la rima y de estructuras gramaticales sencillas.

El Bazar de los ángeles, una serie ya aparecida en la antología creciente Siete samuráis (Granada, Diente de Oro, 2004 y 2005), se compone de cinco textos (el último, “Muerte en los bazares”, de gran extensión). En su conjunto es un modelo de precisión musical y rítmica en el que, a raíz del dolor físico, la memoria del amor se posa en la inmediatez de lo doméstico.

En síntesis concluía con el Libro de las ideas, poemario inacabado por aquel entonces, en el que el lenguaje poético de JMGC se despojaba de su riqueza de imágenes característica para volverse austero. 

Estos días he hablado con Juan del trabajo en proceso en el que está inmerso, El libro de Isabel. Me habla de los miles de poemas que tiene publicados en las redes sociales. Y así, sin quererlo, nos muestra una característica más del poeta y de la poesía: la viveza, la capacidad de innovar o, como diría Pound, la dedicación a un trabajo que no nos deja descansar. 

Juan Manuel González Cabezas, lección de poesía.

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Vizconde de Chateaubriand

Julie Recamiér y la creación de una empresa de riesgo compartido para la salvación económica del Vizconde de Chateaubriand

En la revista Extoicos (www.extoikos.es) se ha publicado un breve texto que tiene como finalidad poner en conocimiento la venta de derechos de edición y beneficios futuros vinculados a las Memorias de ultratumba de François-René de Chateaubriand, ideada por Julie Recamiér, en el año 1836, así como algunas reflexiones sobre el riesgo asumido por los inversores en relación a la tenencia de estos derechos y el retorno de la inversión realizada en la sociedad de riesgo compartido creada a tal fin.

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Frank Kafka for president

La imagen de una mujer en una manifestación con una pancarta en la que se podía leer «Franz Kafka for President» me ha acercado de nuevo a su escritura, a las vicisitudes que su obra ha soportado a lo largo de los años transcurridos desde su muerte en junio de 1924. La imagen, tomada por David Fenton en una manifestación en la ciudad de New York, en 1968, no será el primero ni el último de los extrañamientos que suceden tras su muerte. El mismo hecho de que hoy día esa imagen circule por internet, como un pequeño post viral, de muro en muro y de correo en correo, no debería dejar de extrañarnos. 

En cierto modo, la imagen de Kafka es un ejemplo opuesto a la figura de Salinger, más aún si pensamos en la repercusión pública que tuvo la difusión de su obra durante su vida y la actitud tan diferenciada entre estos escritores y el entorno que les rodeaba. Son tantas las diferencias que, cuando medito sobre todo lo que les separa, sería mejor escribir sobre las coincidencias entre uno y otro, más que en sus diferencias.

Y así me encuentro tirando un poco del hilo de la escritura secreta y privada, estirando el ovillo de Ariadna que no nos puede conducir al exterior de nuestro propio laberinto. Estar de nuevo frente al tema del deseo de la escritura como placer personal, como labor íntima que no debe de ser descubierta ni ofrecida a los otros frente a la imposibilidad de dar luz a lo escrito, como una suerte de silencio impuesto por las circunstancias externas al autor. En cierto modo, la tecnificación de la comunicación y su masiva implantación en la sociedad humana contemporánea han evitado que este mal particular se extienda como un cáncer entre los creadores, en los tiempos actuales, frente al deseo de comunicar se impone la necesidad de monetizar el esfuerzo creador y darle la capacidad de generar ingresos que permitan a los escritores —y toda suerte de artistas en general— la posibilidad de vivir de su esfuerzo creador.

Ya Aldous Huxley, en 1931, se anticipó a la irrupción de los avances tecnológicos que iba a procurar en el mundo de la cultura un cambio sin precedentes cuando escribía lo siguiente: «Por cada página que hace cien años se publicaba impresa con escritura e imágenes, se publican hoy veinte, si no cien. Por otro lado, si hace un siglo existía un talento artístico, existen hoy dos. Concedo que, en consecuencia de la instrucción escolar generalizada, gran número de talentos virtuales, que no hubiesen antes llegado a desarrollar sus dotes, pueden hoy hacerse productivos. Supongamos pues… que haya hoy tres o incluso cuatro talentos artísticos por uno que había antes. No por eso deja de ser indudable que el consumo de material de lectura y de imágenes ha superado con mucho la producción natural de escritores y dibujantes dotados». Aunque su opinión personal puede compartirse o no por otros matices que merecerían un post aparte, resulta revelador la percepción que posee acerca de la tecnología como herramienta amplificadora de las artes y, por extensión, de cómo en la sociedad actual el valor del silencio del creador asume unos roles no comparables con lo de las épocas anteriores a la irrupción de la web 2.0.

Vuela de este modo la mirada a la figura de Kafka y a su deseo, incumplido, de que su obra inacabada fuera destruida a su muerte. Al igual que Virgilio, sentía que lo inconcluso, lo inacabado, no debía ser puesto en conocimiento público, sentimiento que refleja una mezcla de pudor y responsabilidad creadora que puede chocar con la de cierta exhibición impúdica de otros autores, como es el caso de Bukowski, que aunó en la misma proporción un impulso creador sumamente prolífico con una escasa autocensura a la hora de dar luz a sus textos, siendo su aparente frescura y espontaneidad uno de sus valores más apreciados, pero que dejaron poco material inédito —y de valor discutible— una vez fallecido. Con respecto a Virgilio, Plocio Tuca y Lucio Vario hicieron, en su caso, las veces de Max Brod para la Eneida, sin que tuviéramos la suerte o la desgracia de conocer el original que no llegó a terminar Virgilio, y sí la versión última que sus albaceas transmitieron y que ha llegado hasta nuestros días, versión que durante generaciones ha sido tomada como canon poético, y que, ya perdido hace mucho ese valor, ha pervivido hasta nuestros días por valores que lo atan al acervo cultural de Occidente.

Dejar de lado el papel que ocupa Max Brod con relación a la obra de Kafka es sumamente difícil a la hora de comprender la transmisión de sus escritos, tanto en su papel de salvador como de deformador, con su brillante capacidad para crear toda un banco de niebla ante la primera palabra escrita de Kafka y su llegada a sus lectores durante cerca de cincuenta años. Pues Max Brod, en tanto que modificó sutil o sustancialmente las novelas que nos han llegado de Kafka, dio luz a sus demonios interiores, demonios distintos a los de Kafka, no cabe duda, y cuya visión fue reproducida hasta que a su muerte, en 1968, los originales de Kafka pudieron ver la luz tal y como éste los concibió. Un ejemplo lo encontramos en la novela El proceso. En la obra original de Kafka, el protagonista de la novela, K., visita recurrentemente a Fräulein Elsa, una prostituta que regenta una especie de mesón, mientras que en la obra que Brod da a la publicación nunca es visitada por este. Para Taylor Klingensmith, en The Nature of Man and Joseph K., nos indica lo siguiente sobre este personaje: “Perhaps the woman who sheds the most light onto the life and nature of Joseph K. as they pertain to women is the elusive but provocative Elsa. Definitely one of the more anonymous characters within the novel, as she only has a small number of appearances as compared to the women previously discussed [Fraulein Burstner], she nevertheless proves essential in demonstrating a simple truth about the protagonist.” Una verdad que dejo en manos de los lectores y que ando un poco lejos de compartir.

Entre las lecturas de estos días hay una que traspasa el peso de la decisión al propio Kafka. No recuerdo la cita literal, pero venía a decir que si Kafka de verdad hubiera querido que la obra que dejó como legado a su muerte hubiera sido destruida, debió de haber ejecutado este deseo por su propia mano, en vida. Vida y muerte en la mano del autor para su obra, podríamos pensar. Puede que Kafka supiera de antemano que sus amigos se negarían a ello y que harían todo lo posible por publicar su obra, en especial Max Brod, su albacea. Aunque es muy posible que Kafka, sabiendo que la repercusión que tuvo su obra mientras vivía fue muy reducida, no tuvo en cuenta la posibilidad, tan azarosa, de la repercusión que ha merecido con el paso de los años. Tampoco imagino que llegara a pensar en que Max Brod fuera a malear a su antojo la estructura, los personajes, el estilo y contenido de las mismas en algunos casos y en otras a modificar el título de la obra. Pese a ello, lo que verdaderamente interesa de la obra de Kafka es su proceso de creación, la íntima vinculación existente con el yo literario expresada de forma inequívoca a través de sus textos deícticos y su correspondencia, así como de las transcripciones que sus amigos hicieron de las conversaciones que sostuvieron. En una carta a Max Brod le decía que la redacción de El castillo era «un descenso hasta los poderes oscuros». Un descenso lleno de nieblas, como el de todo acto creativo.

No sé qué se le hubiera pasado por la cabeza a Franz Kafka si hubiera vivido para ver su nombre escrito en una pancarta en New York reclamándole para presidente. Qué tipo de pesadillas le sacudirían, qué asombro se dibujaría en sus ojos, en qué cubículo de su mundo interior alojaría esta visión. A mí, pensarme en un mundo gobernado por su creación me sumiría en un terror sin límites.

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Diego Medina

Me acaba de escribir Isabel para comunicarme el fallecimiento de Diego Medina Martín, el alma mater de revistas como La Corná, dinamizador de la vida cultural de la Málaga de los ochenta y noventa, y que en el nuevo milenio encontró su hueco dentro de establishment cultural de la ciudad como director de la Colección Monosabio, dirección que compartió con Javier La Beira en su segunda etapa.

Han pasado quizás veintidós o veintitrés años desde que coincidí con él por primera vez. Siempre me llamó la atención su capacidad para mantener un especial humor frente a la adversidad que volcaba en sus interminables paseos por su barrio, en un afán por la lectura tan voraz como heterodoxo en el que tenía cabía en la misma tacada el Cantar de los Nibelungos con Los cantos de Maldoror, el gusto por la prosa refinada de Sade o la procacidad de las novelas eróticas de Apollinaire.

Durante los años que más lo traté y en los que llegamos a tener una amistad de la que dejan huella, le debo la lectura paciente de mis poemas y las lecturas sorprendentes que siempre tenía entre manos y que me hacía llegar con gestos llenos de generosidad: un libro de Fonollosa que me regaló con la recomendación expresa de que lo tomara de ejemplo, una antología de poesía japonesa comprado por un euro en un cajón de libros de saldo de una librería del centro y que compró pensando que quién mejor que yo para conservarlo, y que siempre tenía un rato siempre para charlar y dar un paseo si su estado de ánimo se lo permitía.

Suele sucedernos a las personas que en algún momento u otro tomamos caminos que nos separan. No hay una razón concreta, es el mismo devenir de la existencia. Las últimas veces que nos encontramos fue en el Rincón de la Victoria, cuando bajaba a darse una vuelta por el paseo. Casi siempre llevaba un libro o una agenda en la mano, de esas en las que tengo le gustaba a escribir a mano aquellos poemas que en mi imaginario personal han alcanzado el grado de leyenda poética, donde hace muchos años puso en marcha una novela (Esperando al lado de la ventana) que no envejece con el tiempo y que gana en frescura y agilidad conforme se relee.

Hoy ha fallecido Diego Medina. Se va con él un tiempo hermoso, un compañero de muchas horas y vivencias, un amigo que hizo posible que mi primer poemario viera la luz. Hubo días buenos y noches malas, ahora prevalecerán las  buenas sobre las malas.  Casi todas las recordaremos con nostalgia.

Sálvese su poesía de nuestra zozobra:

ES TRAJÍN

Es trajín:
la vida suele ser de otra manera
en esta clara penumbra
donde ahora
la muerte se perfila
invisible a mi mirada
que la razón inunda
no aparece el sujeto de inmediato
los caminos intuitivos
que preceden
ni padecimiento ni mutismo
pura madurez configura el viaje
racional y subversivo
en esta clara mañana que penumbra
ahora bien: Sé decirte sin dudar
que el origen del Método
no es
declararse victorioso en las Ideas
ni condenar la condición adecuada
de vencido
mas es indispensable la Aventura
andar perdido cierto tiempo
rescatar Amor y Muerte que
pretenden suplantar la misma Vida

Es trajín:

 

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Perded toda esperanza

Si lee las noticias, ve la televisión y se asoma con cuidado por la afilada barandilla que nos separa del pozo ciego de la vida nacional, intente no caer arrastrado por el vértigo que procura mirar a su interior, ése en el que nada se puede vislumbrar, pero del que escapa un hedor insoportable que nos fuerza a alejarnos de su filo resbaladizo y que nos atrae con la misma intensidad con la que un agujero negro atrae a su negrura a todo cuerpo celeste cercano.
La preocupación se extiende como una mancha de aceite aderezada por la depresión económica y sus consecuencias. Hoy los diarios alertan de que en el presente año más de 160.000 ejecuciones hipotecarias van a producirse. Demasiadas, porque son ejecuciones que afectan a familias que, en la mayoría de los casos, ya se encuentran bajo el temido umbral de la pobreza, umbral que ya han atravesado el 21% de la población española en 2012 y en cuya puerta, cada día más ancha, se puede leer con letra clara como en el infierno de Dante «perded cuantos entréis, toda esperanza». Es la misma esperanza que han perdido ese 12,7% de la población española que llega a fin de mes con mucha dificultad, o que, simplemente, no llega.

Mientras tanto, entre cacerías de elefantes y visitas a Suiza, el reino se deshace. Bajo sus alfombras de cashmire y frente a las jetas blindadas de los tesoreros de los partidos políticos y de los legisladores que viajan con gastos pagados y dietas —aunque vivan en la misma capital del reino—, de los dirigentes sindicales que aplican la legislación que denuestan y a la que formalmente se oponen, mientras exigen transparencia y ocultan, con silencio lleno de sarcasmo, el precio que obtienen del ejercicio del poder, mientras todos ellos viven en áticos con vistas a paraísos fiscales y no a Carabanchel, las bolsas de basura llenas de billetes de 500 euros corren a Andorra, a Marbella, a las casas del Fulano o de la Zutana de turno, que para todo debe existir paridad.

La primavera española del 15-M se deshizo como la nieve al despertar de la primavera y el afán organizativo y asambleario de sus cuadros, pronto escindidos en múltiples plataformas, secciones y hasta partidos políticos. Gordillo ya no corre por la banda con las medias caídas ni calzando fincas a fuerza de marchas rojas. La revolución jornalera murió en el agua límpida de las piscinas ocupadas por el pueblo y para el pueblo. Nadie, en esa primavera trágica, pensaba que todo iba a acabar tan rápidamente: a su marea multicolor la ha sucedido otra corriente más fuerte y menos festiva: la corrupción política, la degradación económica, el triunfo de los hijos de Friedman, que han decidido terminar con la cosa pública en vez de devolverle su naturaleza esencial.

Pero las élites políticas son extractivas. Esto no es nada nuevo en la historia de la humanidad ni es exclusiva de este país aún llamado España. Las élites políticas, duchas en el repliegue táctico y el menudeo de prebendas, son las que conducen el Titanic hacia el iceberg y piden a esos ciudadanos de tercera clase —que son los mismos que no llegan a fin de mes— que salten los primeros del barco, que con sus impuestos procuren arreglar el déficit en el que el Estado ha incurrido con su inestimable colaboración y lleven al barco a mejor puerto, aunque se ahoguen por el camino.

Ayer leía que un columnista, atónito e incrédulo, no entendía como alguno de los seis millones de parados no cambiaba su prestación por un Ak-47 de los que se venden en el mercado negro. Los griegos, que siempre fueron por delante nuestra en esta aporía que es la historia, ya recibieron el llamamiento de Mikis Theodorakis, que confundió a los bancos y a los mercados financieros con el Mal, en mayúsculas, y nos invitaba a combatirlos. Sin embargo, como los griegos, tampoco estamos libres de pecado. Nadie se atreve a tirar la primera piedra o a lanzar el primer cóctel molotov. Esta es una sociedad incívica, en la que la idea de tributar según lo que nos corresponde se aplica según qué rasero. El defraudador de impuestos, el que no paga el ticket del aparcamiento municipal, el pirata informático amateur que emplea la red wi-fi del vecino sin su consentimiento, el que descarga música por internet, utiliza software sin licencia, los que menudean con droga, los que acuden a burdeles donde se esclaviza, entre muchas otras cosas, son, desgraciadamente, legión.

Y en eso estamos, dándole la razón a Nietzsche, mirando a ese abismo que se llama España, que también nos está mirando a nosotros.

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