Rimbaud

Yo también te prometo ser bueno, Arthur,

bueno a tu estilo metódico y planificado,
lejos del caos que se te presupone,
tú,
que tenías el orden natural de tu lado,
en tu mente,
tú,
que desde el primer instante sabías
que debías de emprender una revolución,
un camino, trazar con tiza sobre el suelo
el periplo de tus circunvalaciones,

por eso yo también te prometo ser bueno,

bueno en la forma en que tú solías serlo,
un tanto demencial, arbitrario, veleidoso,
ambiguo como el dinero, como lo encontrado
y perdido dentro de cada uno de los libros,
desastrado, pobre en espíritu, rapaz,
incendiario, adscrito a cualquier
pelotón de fusilamiento
que disparase río arriba,
anárquico,
ambicioso hasta la podredumbre,
rastrero hasta lo innombrable,
vagabundo, estéril, sifilítico
y alcohólico, como tu amante Verlaine,

seré infantil mientras escribo
que mordisqueo por ti los claros de luna,
a los sirgadores del río que impulsan mi barca
hasta un rumbo imposible de descifrar,
llegará a gustarme hasta Víctor Hugo,
tendremos miedo a la misma boca de la sombra,
a las tropas prusianas, al sol del desierto,
a las armas, con las que fácilmente,
nos haremos
i n m e n s a m e n t e
ricos,
—o no—
descifraré contigo qué se oculta tras cada color,
y, sobre todo,
si he de compartir con alguien
los senos de Amelia,
sus tetas blancas,
sus pezones negros como una bacanal,
será contigo,

porque te prometo ser bueno, Arthur,
y beberé contigo, y fumaré hachís,
y esperaré a que el barco se hunda
en el mismo oscuro y puto agujero
donde vivimos.

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