La risa de Salinger

Hay mañanas en las que me levanto y escuchó por los pasillos de casa la risa de Salinger. La escucho y ando a ciegas mientras llego hasta la cocina, como si fuera el canto de sirenas que me guía hasta el puerto seguro del despertar, de la taza de café y de un primer cigarro mientras todos duermen.
Sonrío cuando lo imagino escribiendo a ratos, paseando por New York, tomándose una hamburguesa o un perrito en un puesto callejero, viendo un partido de los Nicks por la tele, sentado en su sofá con su crío o paseando a un perro. Un perro sin raza y no muy limpio que lo mira con admiración y cariño cuando se detiene, por algún motivo extraño y que él no conoce, frente a un escaparate. Y entonces frunce el ceño y piensa en alguna otra cosa que a todos se les escapa y que a Salinger, después de un par de horas, también. Y entonces bebo un poco y apuro mi cigarro mientras desde el balcón contemplo la calle aún a oscuras y a un par de coches que pasan lentos y solitarios.
Ahí está Salinger airado, mientras un periodista novel trata de acercársele, Salinger riendo por dentro mientras habla con su abogado para demandar a una universidad, a una revista literaria, a un programa de radio, a los alumnos de la escuela dominical que llamaron a su puerta para hacerle unas cuantas preguntas, Salinger demandando a una cadena de maquinaria agrícola que pretende llamar a una de sus segadoras “el pequeño Holden”, buscando a alguien experto en redes y derecho internacional que le explique bien clarito qué es eso de internet y qué está en su mano para impedir que cualquiera mancille su nombre en vano.
Escucho la risa de Salinger mientras pienso en todos los escritores que conozco y que les gustaría ser como Salinger. Aquellos que si fueran capaces, si contaran con suficiente dinero en el bolsillo como para no tener que preocuparse de llamadas telefónicas, entrevistas en la radio, peticiones de su agente, visitas a un grupo de lectores, recitales en público, actualizaciones constantes de su perfil en Facebook o que no vivieran bajo el sueño de convertirse, una mañana cualquiera,  en trending topic en Twitter por algún azar insospechado, y se preguntan, casi a solas, preguntas que es mejor no hacerse. Pienso en ellos y me gustaría darme un paseo o compartir una cerveza mientras hablamos de Salinger. Me gustaría decirles que esta mañana me levanté escuchando la risa de Salinger.
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