Carta abierta a Virginia

Ahora que el mundo se dirige hacia el abismo me gustaría ser capaz de darte una respuesta,Virginia, deiciseis años más tarde. Pero la dicha no será buena, pues llega demasiado tarde. Releo lo que me escribiste. Pessoa decía que todas las cartas de amor son ridículas. Tenía parte de razón, pero lo decía con la tristeza del que no ha recibido ninguna.
Radiguet era aún más cruel. Él decía que no hay género epistolar más fácil, que basta con estar enamorado. Puede que tuviera razón. Para el que recibe estas cartas, para el que no ama, nos suele desbordar el ver un corazón abierto. Antes existía un museo en una bocacalle de la calle Granada, un museo hermoso. Solo había cuadros del siglo XIX y, de entre todos ellos, solo uno notable, o al menos, el único que ha quedado en mi memoria.
Es un cuadro de Simonet, y recuerdo solo el título por el que popularmente se lo conoce: Y tenía corazón. El cuerpo de la mujer desnudo sobre una mesa de autopsias, y un médico barbudo, vestido con levita, sostiene el corazón muerto en su mano derecha y lo contempla.
La memoria es vaga como un escolar cuando se avecina junio. No sé por qué nunca fuimos capaces de forzar el hilo de la vida y acercarnos, vivir sin miedo aunque fuera unos días, un amor prodigioso como la pólvora de los fuegos artificiales.
No sé por qué fui un cobarde.
Ser un cobarde en el amor es la peor de las cobardías, sobre todo porque entonces no tenía nada que perder y es un mal que se repite cíclico, infatigable, cuando menos te lo esperas. Como las fiebres que procura la malaria. Como este codo roto hace tantos años que sigue doliendo.
Vivía solo, como ahora. Podría haber perdido la amistad de Juan, pero una amistad como la mía o como la tuya era una amistad muerta. Viviste con un muerto muchos años. Si lo pienso bien, puede que me alegrase de su muerte. Pues no sé por qué seguiste con él. Tenías tanto que dar, tanto que ofrecer, que resignarte a la noche de Midnight es algo incomprensible.
Tú tampoco comprendías que ante el universo que me dabas yo permaneciera estático. Era tanto o más absurda tu vinculación con la nada, que mi incapacidad por actuar: ese componente inerte que te lleva a negar el viento que sopla en tus velas. Negarlo todo. Para los que aman el miedo no es algo concebible.
Esta carta no ha sido como la del relato de Maughman, su veneno es de otra naturaleza, más amargo y duro. Esta carta no es más que la carta de un cobarde, que ni siquiera hoy puede enfrentarse a tu voz sin sentir el vértigo del temor en su oído. Me gustaría escribirte una carta notable, un prodigio, una carta de un suicida derramada sobre cientos de folios como la de Amis, pero no puedo. Solo te escribo desde aquí, desde el otro yo, para que sepas que no te olvido.
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