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Kavafis

KAVAFISNo es verdad, te dices,
que el maestro viviera aquí.

Miras el portal de su casa y elevas
los ojos hasta su ventana
y una muchacha
te mira desde la tienda griega de la esquina
como si quisiera decirte que tras la puerta
tan sólo encontrarás
lo que tú mismo eres cuando llegas a casa,
a veces,
un hombre solo sentado frente a un escritorio,
uno cualquiera que mira tras la ventana
sin saber que fuera
a la intemperie
todas las señales indican
que se acerca una tormenta,

No es verdad, te dices, que seamos iguales.
Y hoy pasas de largo y vagas de nuevo
hasta la costa

y hay cierta belleza en caminar
por donde nada entiendes ni conoces

cierta suerte infinita
de haber cruzado al otro lado,
y aspiras el humo de un Camel
con tanta fuerza
que desearías quemarte
algo más
que lo labios

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Los poetas visitan a Kavafis

Como ando revistando a Kavafis, os cuelgo un texto que escribí hace tres años, en el avión de regreso a Dublín tras pasar unos días en Egipto. Lo único que conservo de esos cuadernos de notas de los que hablaba y que, como por arte de magia, van a dar a un oscuro lugar del que no es posible rescatarlos.

Para toda persona que tras visitar El Cairo decida no volver a viajar a Egipto, incluso desdeñando todo su impresionante pasado monumental, sus museos excesivos y su recorrido río abajo (El mismo río de Kurt, el mismo río), nada mejor que administrar una dosis sabia de Alejandría. 
Ciudad que devuelve la fe en lo que ha sido el hombre y aún puede ser, ciudad abierta a la mar, convertida toda en bahía, aire que trae olores de Venecia, de Estambul, de Malta, Chipre y Grecia, sobre todo Grecia. 
Una sensación parecida a la que Carlos M. A. tuvo que experimentar al enfrentarse a sus reminiscencias atenienses fue la que debí experimentar en mi primera estancia en Alejandría. 
Será que el aire limpio del Mediterráneo, su club griego frente al mar, su faro presente, su biblioteca luminosa, sus calles recorridas por un suave candor cosmopolita irreconocible en El Cairo la hacen tan cercana al viajero que se acerca a ella. 
Y sobre todo el café L’Elite con su frontal rojiblanco. Aroma de Kavafis y rastro de Ungaretti, el otro gran poeta doblemente alejandrino. A quien le extrañe que no haya mencionado las catacumbas de Kom El Shogafa, la monumental nueva Biblioteca de Alejandría o la columna de Pompeyo que no se deje engañar: mucho mejor es ver el frontispicio (es una broma, la fachada es de inspiración neoclásica) del teatro de la ópera de Alejandría. 
Nunca el nombre de un boxeador llegó tan alto.
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