Archivos de la categoría Prosas ligeras

Prefiero que sea así

Lo único cierto es que Laurreine tiene un ojo de cada color. Es lo primero que piensas al verla cuando la conoces. No te das cuenta, hasta que llevas un rato charlando con ella que, en realidad, uno de sus ojos está muerto, el gris, y que el otro, el que te mira con una viveza inusitada mientras te pide que le muestras los alrededores de Castle Rock, es de un verde esmeralda difícil de descubrir en otros ojos.
Esta mañana ha llegado a nuestras oficinas y, aunque no era a mí a quien le correspondía la visita vestibular, he dejado todo lo que estaba haciendo para realizar a su lado un recorrido por las instalaciones de nuestra empresa sin dejar de lado ningún detalle: los ascensores, las escaleras de entrada y salida, los aseos, el servicio de fotocopiado (hay que solicitar una tarjeta que le asignará el número de copias que podrá acometer sin que suponga un descuento en su bonus anual como empleada de Lionel Translators) y todo aquello que se me ha ocurrido y que he pensado que podía serle de alguna utilidad. La he dejado en su mesa y le he comentado el sistema de acceso a la intranet corporativa y las aplicaciones de traducción en grupo que empleamos. Cuando he tratado de explicarle su funcionamiento, con una sonrisa, me ha indicado que no hacía falta. Luego, sin dejar de sonreír, o eso me ha parecido, me ha preguntado si tenía que hacer algo al terminar el día y le he dicho que no.
—— Podrías llevarme a conocer la zona, si no te importa.
Le he dicho que sí, sin dudarlo. Hoy está lloviendo en Dublín y llevo una gabardina que me cubre por entero y un paraguas verde en el que podremos cobijarnos, pienso, mientras regreso a mi puesto.

Tenemos un proyecto de traducción que va camino de no cumplir los plazos pactados con el cliente y no quiero que en el equipo nos veamos obligados a trabajar durante el fin de semana. Trabajo concentrado, envío múltiples correos electrónicos, hablo por Skype con nuestros compañeros de Shangai, pienso en Laurreine y me doy cuenta que conocí a su madre hace cerca de veinte años, quizás más. Podrías ser su padre, me digo casi al final de la tarde empleando para ello la voz de mi madre, pero no sé por qué se que no a va pasar nada.

Pasa por mi despacho cuando dan las seis y le pido que espero que un poco. Le señalo una silla con la mano y se sienta frente a mí. Me observa mientras trabajo. No quiero dejar que su presencia me distraiga y hago un esfuerzo por concentrarme mientras corrijo los informes sobre el estado del proyecto y compruebo los avances. Computo el número de palabras que nos faltan, los avances en casa idioma, mando un pequeño informe de situación al responsable de la cuenta y calculo si nos dará tiempo a terminar el viernes. Es posible. Han pasado cuarenta y cinco minutos y ella ha estado observándome y jugueteando con su móvil. Ha sonreído un par de veces. Le digo que podemos irnos y que perdonase la espera.
— No tengo nada mejor que hacer.
La miro un instante y me sorprende no haberme dado cuenta antes del parecido que guarda con su madre. Le comento que es posible que la conociera. Ella, de entrada, no parece entender lo que le estoy diciendo.
— Hace veinte años, tu madre fue alumna mía. Fue en un curso de aplicaciones informáticas de oficina.
— ¿Hace veinte años ya había ordenadores?
Obvio la respuesta, no quiere saber más, me coge del brazo y paseamos hasta llegar a Christ Church. Saca un par de fotos con su móvil y me pregunta si me puede sacar una.
— ¿Para qué?
— Se la quiero mandar a mi madre, ¿te importa?
Le digo que no.
Me pide que sonría, pero bajo la gorra de fieltro negro no se me debe de ver muy bien y tras mirar en la pantalla y mirarme un par de veces, con ojo experto, me pide que me la quite. Me la pongo bajo el brazo con el que sostengo el paraguas y pienso en que debo aparentar ser una persona esencialmente ridícula y pienso en Pessoa. Los viandantes nos miran y sonríen: imaginarán que somos un padre y su hija o, peor aún, una nieta con su abuelo: ella es extraordinariamente joven y hermosa a mi lado.
Le pregunto si quiere ir a las afueras, a Black Rock, a escuchar música celta en vivo y tomarnos un buen whisky frente a una chimenea. Me dice que sí. Tomamos un taxi mientras llueve y se hace una noche profunda en la ciudad.
Sigue agarrada de mi brazo mientras viajamos. El taxista nos mira de reojo a través del espejo retrovisor. Un bip bip le avisa de un mensaje, y se sonríe mientras lo lee.
— Mi madre dice que le resultas vagamente familiar, pero que no tiene ni idea de quién eres.
Me sonrío, tampoco yo tengo idea de quién soy.
— ¿Te molesta?
— No. ¿Y a ti?
— Menos que a ti, prefiero que sea así.
Me agarra el brazo con fuerza y el paisaje se desdibuja por las ventanillas del taxi, mientras miro las casitas bajas de pescadores que me indican que estamos llegando y que algo se me está escapando del todo este asunto, casi casi, como niebla entre los dedos.
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Lo difícil va a ser entendernos

Caminábamos juntos a lo largo de la calle Peterskaya. Hacía una mañana de agosto calurosa como pocas y nos habíamos detenido en un Mac Donalds para comprar unos cucuruchos de helado de fresa, aunque la fresa no me gustaba mucho.
Pagó ella. Dejó unos billetes sobre la barra y en un segundo los vi en el cajón portamonedas de la caja registradora.
Es hermosa, me digo, mientras me siento feliz viendo cómo su lengua áspera, como la de un gato, va laminando capa a capa la bola de helado: en sus comisuras afloran unos pequeños bigotes de fresa que me hacen reír.
Ella se limpia con una sonrisa y al alzar su mano veo su seno izquierdo aflorando pequeño y blanco, como un iceberg, sobre la camiseta y siento que deseo acostarme con ella, ahora, inmediatamente, pero la sensación dura apenas unos segundos y le toco la frente con los dedos, alzando su flequillo, en un gesto dulce, me parece.
Caminamos calle arriba. Nos encontramos con un grupo de jóvenes vestidos de soldados del ejército rojo, con sus estrellas rojas anudadas al cuello por una cinta dorada, cantando con voz grave de tenor, al unísono, en una esquina desde la que se pueden ver las cúpulas de una iglesia ortodoxa. Un grupo de gansos cruza el cielo y pienso en Nils Holgersson diminuto a lomos de uno de ellos hacia un destino incierto. Nos paramos junto a otras personas frente a los soldados que, cuando terminan su canción, ante nuestros aplausos, hacen un reverencia profunda que casi les inclina hasta el suelo. Unas hormigas, con las siglas CCCP sobre el lomo, arrastran un tronco de malva y pienso en que antes o después, tanto ella como yo, vamos a estar muertos. Irina me comenta lo hermosos que son los muchachos y deja unas monedas sobre el gorro de piel que extiende uno de ellos.
A mí me da cierta pena y se lo comento. ¿Por qué?, me pregunta, le digo que esperaba que fuéramos a su apartamento y que hiciéramos el amor sobre su cama pequeña, como unos días atrás. Se detiene y me mira fijamente, sinceramente sorprendida:
– Qué bien hablas ruso.
– A mí, lo que me sorprende, es que hables tan bien mi idioma.
“Lo difícil va a ser entendernos”, me dice, dulcemente, mientras se aleja calle abajo. Trato de seguir sus pasos, pero una cuerda me retiene frente a una tienda de antigüedades y la veo perderse entre la multitud. Pasa otra bandada de gansos que viajan al Sur. Empiezo a volar para unirme a ellos y me doy cuenta de que soy una cometa, gobernada solo por el viento.
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Blast

Camino hacia el trabajo vestido con el traje de un hombre muerto y aún no ha amanecido.

Hay un cierto aire de ciudad portuaria, de niebla queriendo avanzar, hay también un poso fantasmal en el tráfico y, sobre todo, hay algo inquietante: el amanecer es de pájaros callados y cada vez que paso junto a un árbol siento un agudo escalofrio.

Y acelero el paso.

Me encuentro con alguien que no logro identificar, pero nos saludamos y casi podría decir que hablamos el uno con el otro cordialmente. Puede que la cordialidad sea fingida, es cierto, pero me quedo sin habla cuando en vez de estar en el hall del edificio acabamos de atravesar una puerta que nos ha situado en el inmenso interior de la T3. Me quedo sólo y veo que arrastro en mi mano una pequeña maleta de viaje, el informe sobre el estado de las reservas de oro del Banco Vaticano y un traje de tweed color crema que me da un aire aniñado.

A vista de pájaro, me veo con un tupé a lo Rimbaud encanecido y aunque me veo desorientado, sin saber si tengo que avanzar o no hacia los mostradores de embarque, sonrío como un dios travieso.

He debido tomar un avión, viajo en clase turista y me tranquiliza saber que las reservas del Vaticano se mantienen en un aceptable cincuenta por ciento. Suena el teléfono. La azafata me dice que responda sin miedo. Hay muchos ruidos que no reconozco y por la ventanilla, sucia y empañada veo que en las alas han escrito con letras inmensas “tupolev” y todo me empieza a inspirar una gran desconfianza. Como en una película de los años cincuenta, observo como el avión se inclina para acercarse a las pistas de aterrizaje y sobrevolamos el palacio de invierno.

Sin previo aviso, una fuerte explosión desmembra el aparato y siento un gran alivio al ver que floto en el aire y que dulcemente llego al suelo.

Estoy sentado en mitad de ninguna parte. Hace un frío terrible y unos coches negros de la vieja KGB se acercan. Me pongo en pie. Y un agente me dice, serio y en perfecto ruso, deberías haber muerto, como Hammarskjöld.

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Sucede en Daytona, Arizona.

En Daytona, no en la pequeña Daytona Beach de Florida, en la Daytona de verdad, Arizona, cuando un matrimonio se separa piensa, habitualmente, en el asesinato. Es la ciudad de Estados Unidos donde la venta de Soldiers of Fortune es más elevada, hasta tal punto, que la cabecera de su grupo, The War Inquirer, trasladó sus oficinas a la remota Daytona el pasado año.
La razón es bien simple: nada mejor que los anuncios por palabras del Soldiers of Fortune para contratar a un mercenario o soldado profesional capaz de ejecutar cualquier trabajo. Matar a tu esposa o a tu esposo es uno de los más requeridos.
Se da la circunstancia, así ha sido constatado por la policía científica en numerosas ocasiones, que estos soldados profesionales, mercenarios o asesinos a sueldo, suelen ser tipos sin escrúpulos. Quiebran la propia esencia del negocio —la confianza— y aceptan simultáneamente matar a una pareja de cónyuges. Cobran el cincuenta por ciento de adelanto y no dudan en ejecutar su encargo. Matan siempre en primer lugar al último en contratarles. Aunque ellos piensan que su postura es ética, que son gente íntegra, hasta el extremo de terminar el encargo realizado aunque sea por la mitad de precio, suelen tener problemas de conciencia.
En los foros de Internet donde se consuelan estos soldados, siempre aparece la misma pregunta: en el caso de asesinar a una pareja por encargo de uno de sus respectivos compañeros, ¿cómo diablos se consigue cobrar el cien por cien del trabajo conjunto?
En Daytona, Arizona, cuando un matrimonio se separa piensa, habitualmente, en el asesinato.
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Sucede en Daytona, Arizona

En Daytona, no en la pequeña Daytona Beach de Florida, en la Daytona de verdad, Arizona, cuando un matrimonio se separa piensa, habitualmente, en el asesinato. Es la ciudad de Estados Unidos donde la venta de Soldiers of Fortune es más elevada, hasta tal punto, que la cabecera de su grupo, The War Inquirer, trasladó sus oficinas a la remota Daytona el pasado año.

La razón es bien simple: nada mejor que los anuncios por palabras del Soldiers of Fortune para contratar a un mercenario o soldado profesional capaz de ejecutar cualquier trabajo. Matar a tu esposa o a tu esposo es uno de los más requeridos.

Se da la circunstancia, así ha sido constatado por la policía científica en numerosas ocasiones, que estos soldados profesionales, mercenarios o asesinos a sueldo, suelen ser tipos sin escrúpulos. Quiebran la propia esencia del negocio —la confianza— y aceptan simultáneamente matar a una pareja de cónyuges. Cobran el cincuenta por ciento de adelanto y no dudan en ejecutar su encargo. Matan siempre en primer lugar al último en contratarles. Aunque ellos piensan que su postura es ética, que son gente íntegra, hasta el extremo de terminar el encargo realizado aunque sea por la mitad de precio, suelen tener problemas de conciencia.

En los foros de Internet donde se consuelan estos soldados, siempre aparece la misma pregunta: en el caso de asesinar a una pareja por encargo de uno de sus respectivos compañeros, ¿cómo diablos se consigue cobrar el cien por cien del trabajo conjunto?

En Daytona, Arizona, cuando un matrimonio se separa piensa, habitualmente, en el asesinato.

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Estado de malestar, Estado fallido. Por José María López Jiménez

Enfilamos la recta final de 2012 y todo sigue igual. Llegamos a pensar por un momento, vanamente, que este año quedaría grabado a fuego en el friso de la Historia, pero si por algo se le recordará será por ser el año en que formal y definitivamente se desvaneció esta entelequia que se llama España, o de otras diecisiete formas distintas, por poner un número. Este será uno de los años más negros de nuestro inestable recorrido común, quedando a la altura de 1648, 1713, 1823 o 1898.
Los compatriotas de 1812, que tuvieron algo más de visión, procedentes de la metrópoli y de las colonias de América, ya nos alertaron sobre los riesgos del excesivo endeudamiento público, sirviera para tapar la deuda privada o no, y sus palabras aún resuenan como un eco: «La deuda pública reconocida será una de las primeras atenciones de las Cortes, y éstas pondrán el mayor cuidado en que se vaya verificando su progresiva extinción, y siempre el pago de los réditos en la parte que los devengue».
Si nos remontamos al principio, resulta que la polis requería tres elementos para existir: un territorio propio, suficiencia económica (autárkeia) e independencia política expresada por leyes propias, en un preciso equilibrio entre intereses públicos e intereses privados.
De territorio aún disponemos, aunque es evidente que no tanto de autarquía ni de independencia política.
Antes de continuar hay que aclarar algún concepto. No nos referimos aquí por autarquía al régimen que se sostiene exclusivamente sobre sí mismo, al autosuficiente, este argumento carece hoy día de consistencia y nos retrotrae a algunos de nuestros años más oscuros, sino al que es sostenible y tiene sustancia y humildad para potenciar y multiplicar esta sostenibilidad con el libre intercambio con terceros.
Acerca de la independencia política, en términos análogos, Estado independiente no es el que va completamente por libre, de ignorante o arrogante según se mire, al margen de cualquier relación con sus pares, ya sea bilateral, regional o global, sino el que con la interacción con terceros, sin renuncia a su identidad propia, se proyecta al exterior en procesos de colaboración y cooperación más o menos intensos, con los que todos ganan. No hay duda de que la participación de España en la Unión Europea es sumamente enriquecedora, a costa de algo de soberanía o independencia, aunque con la convicción de que no estamos solos, de que no somos comparsas, de que aportamos.
Con estos matices, no somos independientes ni en lo económico ni en lo político, si es que estos ámbitos admiten separación práctica. En lo económico, se nos viene llamando continuamente la atención acerca de nuestra excesiva y mal llevada descentralización. Así, por ejemplo, la Recomendación del Consejo de la Unión Europea, de 10 de julio de 2012, sobre el Programa de Estabilidad de España para 2012-2015, recalca «los escasos resultados últimamente registrados» por las Comunidades Autónomas en cuanto a sus objetivos presupuestarios, y nos recuerda la segmentación del mercado interior español por la multiplicidad de Administraciones, la falta de coordinación y la proliferación normativa. Somos el país de la Unión «en el que más tiempo se tarda en obtener una licencia de actividad». O sea, que lo público coarta y ahoga lo privado, con ruptura del deseable equilibrio entre ambas esferas.
Y en lo político, pero relacionado estrechamente con lo económico, las últimas leyes que pretenden recortar los gastos del Estado y su saneamiento financiero como base para un posterior desarrollo estable y sólido, desde las medidas de mayo de 2010 hasta las más recientes de los últimos meses, y las por venir, se promulgan al dictado de lo que se nos ordena desde fuera. Se da una aparente contradicción, que sirve de coartada para algunos, y es que los que financian nuestros excesos, nuestro déficit, nos imponen previamente condiciones para acceder a esa vital financiación. Pero, como relata Ekaizer, lo contrario supondría «echar agua en un cubo con agujeros» (Indecentes, 2012). Si no se cumplen las condiciones no se recibe la financiación, y si no se recibiera la financiación se habría de declarar la bancarrota del Estado, con graves consecuencias para los acreedores y los socios europeos, en particular para los que comparten la moneda común. El imperfecto diseño de la Europa económica, monetaria, fiscal y presupuestaria ata a nuestros socios para bien y para mal: la suerte de España es la suya.
Se está hablando poco últimamente de un documento crucial, firmado a finales de julio, el Memorando de Entendimiento, también conocido por su acrónimo en inglés, no carente de connotaciones futbolísticas, el «MoU», que recoge el proceso de reestructuración bancaria que se habrá de acometer en los próximos meses, con las condiciones para acceder a los 100.000 millones de euros comprometidos por nuestros socios europeos. Estas condiciones no afectarán sólo a la banca, sino que las autoridades españolas también se obligan a una reforma tributaria, a llevar a la práctica la reforma laboral, a liberalizar determinados mercados (el eléctrico y el gasístico), a la erradicación de las trabas a la actividad empresarial, etcétera.
Por tanto, nos podemos preguntar, ¿cuál será la contrapartida cuándo la ayuda no se destine a la banca sino directamente al Estado? Tiene su encanto jugar a la ruleta rusa, especialmente cuando se dispara sobre cabeza ajena.

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