Mapa de los sonidos de Tokio

El otro día estuve viendo El mapa de los sonidos de Tokio, de Isabel Coixet, en versión original. No sé por qué tenía la idea preconcebida de que escucharía en algún momento un chapurreo en la lengua de Cervantes, como mucho, unos segundos al final del film en una lengua ibérica, pero más cercana a la lengua de Plá o Llul. Pero algo es algo. Las ideas sobre las que se construye la película son prometedoras, el título, como el embalaje de un artículo de lujo, prometía un interior que al descubrir la tapa, no era tan lujoso como se pretendía.

Hay que decir que la película se deja ver. Tiene cierto parecido como esas imitaciones que vemos el market arcade de Dublín, en el bazar egipcio de Estambul, o el piojito en Cádiz: si nos queremos dejar cegar por la apariencia, por lo que el tono, por la voz omnipresente de Min Tanaka, el desarrollo vibrante de las escenas de sexo del love hotel entre Sergi López y Rinko Kikuchi, el Tokio reflejado (antítesis de la mejor construida aunque mal resuelta Lost in traslation) o la dualidad de las vidas reflejadas, la película nos seducirá. Pero no es oro todo lo que reluce. Adolece de graves fallos narrativos que afectan a la coherencia y restan credibilidad a la historia que Coixet filma. De repente, el sueño al que nos dirigíamos no es profundo y total. En una duermevela en la cuerpo y la mente no descansan. Hay dos fallos constructivos graves en este plano: el narrador omnisciente que dice más de los que dice saber, es decir, que nos miente o se miente a sí mismo. Otro es el desenlace final, donde Hideo Sakaki parece olvidar a quien quiere ejecutar. Otro plano donde la historia va haciendo aguas es el de la construcción de los personajes. Nagara-San, el personaje que encarna Manabu Oshio, naufraga en su mar de dolor para volverse una extraña caricatura burlesca de su propia condición. Sergi López construye un personaje del que es difícil saber si en algún momento es consciente del propio dolor más allá de los clichés heredados de los que buscan en el fondo de una botella consuelo a lo inconsolable. En fin, como lo piense más, os voy pedir que no vayáis al cine, que no os descarguéis ilegalmente esta peli, que no la alquiléis. Y no quiero eso, la verdad, no es tan mala película. Pero a diez euros la entrada, uno espera algo más.
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