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Rollerball

Me deslizo por el hielo que recubre el velódromo enfundado en un traje ceñido para caminar por la nieve de un color azul y blanco.

Llevo la mano izquierda contra la espalda. En ella, una pelota de plástico del tamaño de una naranja, pesada y rugosa, como si fuera de golf. La mano derecha, que se mece al ritmo que marcan incansables mis pies, porta una maza de hierro.

Me muevo como si me fuera la vida en ello, mas no veo nada: un enorme foco me ciega y apenas alcanzo a definir la espalda de algún que otro corredor.

Conforme me acerco a ellos, los golpeó sin piedad y caen al suelo, ensangrentados. La multitud entonces ruge.

El ruido lo llena todo.

Ensordecido y ciego, me desplazo contra el miedo.

Debe de ser un estadio de rollerball por el que corro sobre el filo de acero con el que corto el hielo.

Alguna modalidad extraña del juego.

Saberlo da miedo.

Y corro, corro, corro, como si me fuera la vida en ello.

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Quema

quema mi corazón,

quema

y una columna de humo

pequeña y blanca

apenas movida por el viento

se puede ver desde lejos,

casi

diría

que

cualquiera

la puede ver

porque se mueve y oscila

como imagen de un espejismo
sobre la carretera y es hoy

a finales

a finales de septiembre,

y no hay

de forma inminente

un asteroide del diámetro de doscientos millones de bolas de baseball

dirigiéndose hacia la Tierra

pero no importa

porque quema y quema mi corazón
y deja el rastro de un corcho quemado sobre la pared
mientras me alejo y me separo de ti
y apenas somos
el uno para el otro
un recuerdo que se va

y se pierde durante el día

la ecuación que nos despeja

y quema mi corazón

y arde como un bosque hecho ascuas

y se escribe con mayúsculas
la Historia de haberte conocido

mientras me alejo

mientras me separo de ti

mientras apenas somos

el uno para el otro

un recuerdo que se va

y se pierde de nuevo durante el día

 

y luego,

como una muerte súbita

algo como la vida nos llena

 

y por eso quema mi corazón,

por eso arde como un bosque hecho ascuas

por eso escribe con mayúsculas

la Historia de haberte conocido

y amo si tú estás cada segundo

pues sé que si estoy

en el peor de los escenarios

tengo el don de deshacer tu ausencia

y en quince minutos

de nuevo

vencer a toda premura

hecho de barro o nieve

cierto como un cristal raro pulido por cien artesanos

la malla feroz de tu no estar

y el saldo vivo de mi existencia

es como la luz de un faro

algo que emite destellos como un pulsar

y que no puede

sino brillar

sólo

sólo para ti

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Alquimia

Lo más destacado del sueño es que se jugaba el España-Hungría.

De no ser así no entiendo la gran nevada que comenzó a caer en medio del partido: los copos de nieve enormes, a jirones parecidos a trozos de lana, cayendo plácidamente en medio del delirio de las bufandas multicolores de los hinchas y de las pancartas de apoyo a los judíos húngaros presos.

A través de la pantalla del televisor pude ver la nieve cubriendo al linier que corre hasta el córner donde caen el niño Torres y un sujeto indeterminado que, a simple vista, me trae recuerdos de Zapotek, enjuto el rostro y calzados los pies con unas botas de corte militar. Por mi parte, no quiero desafiar al frío y llevo puesto un abrigo largo de color burdeos, aunque la cabeza la llevo despejada.

Estoy delgado, el rosto como hace casi veinte años, pero con marcas profundas llenando los párpados.

No sé qué espero.

Tiene que ser que ando por Budapest porque atravieso un puente que se me hace inmenso, el Széchenyi Lánchid según un cartel a mi derecha, y nadie hay por la calle. Tampoco tráfico. Un coche que solitario rompe silencio y, al desaparecer, lo arregla.

Luego una ambulancia con urgencia sonora, algunos perros junto a la basura de un contenedor verde metálico, unos córvidos negros destacando sobre el cielo. Desde el puente puedo observar el agua ennegrecida del Danubio, pequeñas olas rompen contra los atraques de los ferrys, vacíos, esta noche.

Paso por dos o tres escaparates. No acierto a entender qué dicen los rótulos iluminados, pero en los televisores (CRT, nada de plasma en las pantallas, nada de LCD ni TFT) veo que Hungría va ganando a España mientras cae la nieve sobre la ciudad y el campo de juego. En España ya habrían suspendido el partido.

Sé que voy a su casa, y, si me vieras, parece que ando algo ilusionado, contento. Avanzo con decisión por la calle Bésci. En las botas, mis pies helados, sienten cada paso, como si fueran de plomo golpeando el piso. Dejo a un lado la estación de Erzébet y enfilo la calle 6 de octubre.

La noche ha caído, pero los edificios son los mismos que los que circundan la plaza de la Merced, en Málaga y las viejas farolas de la plaza, de hierro negro forjado y luces amarillentas, iluminan las fachadas grises que, sin mucho sentido, van cambiando a un color cobrizo, a verde oscuro, a morado. A mi derecha hay un parque infantil que casi ha desaparecido bajo el blanco. En algún momento, en esa misma plaza, una muchacha rubia me ha lanzado bolas de nieve en otra vida, o he jugado con ella a esconderme en los macetones mustios bajo el invierno.

Entro en un portal. La iluminación es tenue. Las paredes son tristes como un café con crema frío sobre la mesa. Las escaleras son amplias y parece que en otro tiempo aquella finca fue habitada por gente señorial. Parece que todo rezuma su presencia aunque hace años que se fueron, que saltaron al otro la lado, que dejaron el ser y volvieron a la nada.

Avanzo con lentitud.

He perdido toda alegría.

Me incomodan los faldones del abrigo y noto los pies resquebrajados por la humedad. Los zapatos no son impermeables: si ascendiera por una loma del Everest tendrían que amputar mis pies, si llegase al campamento base. En cierta manera, esta ascensión puede costarme una parte del cuerpo, la movilidad, el olfato, la vida misma.

La puerta de su casa está abierta. Entro sigiloso, como temiendo descubrir qué hay dentro. Dejo de lado la puerta de una salita. Alguien está viendo allí el partido. Camino por un pasillo largo. Los techos son altísimos como el dolor en un poema de Altolaguirre.

Ella está en su cuarto. Toda la habitación está en desorden. Sobre una silla ropa interior, camisetas, unos calcetines. Ella me ve y sale como si yo no existiera. Pero me esquiva al pasar y noto su aroma y llega a mirarme traviesa y triste. Camino tras ella y regresamos a la salita donde un hombre joven, bien vestido me dice que qué hago allí, si no me da vergüenza, y salgo, humillado, hacia la calle. Este dolor me lo he provocado yo mismo, lo sé, camino cabizbajo. Y nieva.

Y todo es, aún, más y más oscuro. Y sé que aunque la estructura de mis sentidos es propia de un animal, nada en mí distingue las formas en la noche ni el olor oscuro de sus elementos. Y aunque quisiera llorar o arrancarme los ojos simultáneamente, me tumbo sobre la nieve y espero que nadie me vea. Y quedarme allí para siempre.

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Ars nova

No hay suficientes fuentes
alimentando este Nilo -sucio-,
y el agua fluye entre barcos
que parecen quebrarse
bajo el peso del negro alabastro,
y el sol no parece ser incendiario
ni el viento favorable,

nada que nos haga ahora
que dejamos Alejandría,
volver a tener abiertos
los ojos, fijos en tu cuerpo
sobre la cama del hotel
vestido, como si las reglas
del arte hubieran cambiado

solo, solo para ti.

Si no hubiera sido mejor
entonar canciones del Norte.

Si no hubiera sido mejor
sucumbir a la más oscura
de la condiciones humanas,
y entonces hacer que las reglas
del arte cambiaran, pero
sólo, sólo para mí.

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ezer kenegdó

Hay personas que aman

reciben el encargo
de algún dios o diosa

para ellos se convierte
en imperativo absoluto
ese de amar a alguien
que no les corresponde
ni les protege
como si de una ninfa esquiva
o de una amazona reina se tratase

y se busca el lugar donde reside
y se realizan indagaciones

cualquier lugar es un válido
hasta que se descubre donde habita

entonces el hábito cambia

estos seres que aman
se tornan lustrosos
y pasan frente a su puerta
como si en su interior
se asistiese a un parto
o a un hecho extraordinario
que pudiera cambiar su vida,

como si allí se tejiese
desde cero la historia,
su historia

pero es allí
frente a la puerta cerrada
donde meditan en voz baja
y apenas se pueden oír unas risas
y el ahogo entrecortado del deseo,
y cualquiera pudiera imaginar
una mesa despejada por la mano libre
y una y otra vez
el cándido temblor
de un tren de mercancías
en ciernes

es allí donde descubren de repente
que hay personas que aman de verdad
y que están tejiendo una historia
que no es la suya,

y que no importa
si son o no son felices

porque mientras la vida se termina

y el tiempo se agota
y el demonio les susurra
montado en un dedal
para llegar a la altura de su oreja
que tu ezer kenegdó te ha destruido.

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Cruzar el Ródano

Cruzar ahora el Ródano
ahora que ha caído la noche
y los caballos desean descansar
y sólo se escucha el agua
fluir
sin descanso
como la sangre en una arteria
de un animal eterno

he dado la orden ahora
de vencer a un imperio
de asestar el golpe más fiero
de aniquilar a sus tropas en la batalla
y cuando menos lo esperen
lanzaré a los más aguerridos
de nuestros hombres
a vencer su retaguardia

cruzar el Ródano
ahora
lo es amor
lo es todo

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Yo haría por cantar una saga eslava si quisieras (1.2)

en ese país
donde alguna vez vivimos
como dos rupias de oro
en las manos de un esclavo

no fuimos más
que ángeles narcotizados
por una marea negra

ahora te desvaneces

como una palabra pérdida en la memoria
o el nombre de un corsario que una vez supiste
y ya no

así que tú mientras
en algún otro lugar
eres una aparecida
a la que ponen velas blancas
por la que queman incienso
y comparten la maría
en atestados campos de mangos
con el único empeño
de verte feliz
o eso pretenden
mientras allá adonde voy
fallecen los abedules
uno tras otro
para que permanezcas

y en ese empeño
ya haría por cantar
una saga eslava entera
-sin parar-
si quisieras.

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Hay algo irreal en las viejas fotografías

Aún queda cierta belleza

cierta belleza de ti

en el instante congelado de la fotografía
en la que miras de frente

yo como un muñeco de cartón caminando

no a tu lado
sí unos metros por delante de mí

y toda tú eres sonrisa sin mover los labios
estático el cabello
congelada la mano en el gesto
inútil de alcanzarme
quizás el brazo

el cabello aún está rizado y brillante
y el plástico cubre tu imagen
mientras el mundo se aja
como la piel de una sandía
expuesta al sol
o el corazón de un hombre
seco al cabo de unos años

es lo que le pasa a las personas
que han jugado a tus ritos

por eso sé
que si hubo otro tiempo
cuando el don Juan de los días felices
no sabía nada del ayer y nada del mañana
y el hoy era una incesante sucesión
de breves encuentros
donde sólo tu don de escapista
tenía importancia
ya nos es igual

también un cartógrafo
abandonaría su oficio
tras trazar sobre su espacio conocido
el milímetro de su medida

y por eso sonríes
como si te fuera la vida en ello

y lo que crecía entonces en ti
tenía marcada su hora punta
y ya parecías saber que ese amor
era como el vuelo último del Hindenburg

si observo con detenimiento el fondo de tus ojos
ahora que tan sólo permaneces ahí
en ese delgado espacio de la pantalla
donde has aparecido de nuevo
incapaz de deshacer la cuerdas
de abrir con ganzúas diminutas
los cerrojos con los que juegas
a aprisionarte
pequeña Houdini del pasado
en aquello que podemos llamar
los dos
de nuevo
hoy
debes saber
: ése que está a tu lado
detenido en el tiempo
ahora comprende
que de nada ha servido practicar mil veces
escapar de la muerte bajo el agua helada
si hay fragmentos de la memoria
que duelen cada día

y que estamos los dos ahí
viviendo
tan lejos
el uno del otro
que ya sólo permanecemos en el mundo
como metralla fósil
de otro tiempo

como arqueología fugaz
de la memoria

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Credo

Este credo
no era el verdadero

no hablaba del árbol
no palpaba el tronco
no degustaba la hoja
ni contemplaba la rama

ni atendía en sigilo
el discurso del fruto

no era el verdadero
no era un continente
no sabía del límite
de la tierra con el mar

no sabía la natural frontera
que nos separa del aire
del vértigo de la sima
ni del terror del acantilado
cuando nadie mira a tu lado

no era el verdadero
no hablaba de sus manos
ni del tacto de su cuello en mi lengua
ni de su espina dorsal como una enredadera
negaba las piernas y negaba su sexo abierto
el abracadabra de un destello apenas vislumbrado
mientras cerraba los ojos
y un cuerpo es con otro
vuelta a ser uno

y no proclamaba el cielo del lóbulo extinto
ni el pulso de su corazón bajo mi mano
mientras la tarde se hacía plomo
y palpitaba

ni la mirada que acompaña al placer fue bendita

nos negó la creencia exacta
lo que hace que amar sea algo táctil
la experiencia
el saber
el olfato

todo lo que es humano y no es bello
y es visceral y crudo
insaciable
como tu piel
cuando la noche

y juntos
nos escondemos.

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Oración para una mañana de domingo

Dejad que el fuego se extienda
que no haya ocasión para el viaje
que este círculo crezca hasta el origen
que se consuma hasta el último rincón
de esto que llaman Tierra
que el mundo cargue sus armas con el miedo
que el amor sea una lluvia de uranio
que el viento del oeste borre tus huellas en la arena
que no quede nada que te pertenezca en mi memoria
que nadie pueda levantar una mano en falso
mientras el fuego se extienda
mientras esta nada se lo lleva todo
mientras este dolor domina selvas del norte
que no haya ocasión para el viaje
que el amor sea tu lluvia
tu lluvia de uranio
el horror de tus ojos
una vez más.

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