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Entre el mercado y el ágora: un archivo de resistencia analógica

El próximo día 19 presentamos en Isla Negra, espacio ya consagrado de convivencia literaria y cultural en nuestra ciudad de Málaga el volumen “Entre el mercado y el ágora. Ensayos desde una ciudad abierta (2017-2025), (PoloSur Ediciones, Málaga, 2026). El libro es, más que una recopilación de artículos, una educación sentimental (y política) del lector en tiempos de fin de ciclo: un archivo de resistencia levantado con las herramientas aparentemente frías de la economía, el derecho y las finanzas, pero guiado por una preocupación hondamente humanista por la ciudad, la ética, el cine y la literatura y, sobre todo, la fragilidad de la vida, incluso de la vida contemporánea.

El volumen reúne setenta y dos textos escritos entre 2017 y 2025 y nacidos en espacios que suelen considerarse “menores”: blogs, columnas, colaboraciones puntuales. López Jiménez convierte ese territorio disperso en una cartografía coherente de un tiempo en el que la economía financiera, la política convertida en espectáculo y la cultura sometida al algoritmo acaban siendo el mismo ruido de fondo. La operación de “regreso al papel” de textos digitales no es nostálgica, sino programática: afirma el libro como reducto atómico de lo imperecedero frente a la obsolescencia programada de la pantalla. Es más, enlaza con la vieja preocupación que ya mostramos Alfonso Salazar y el que escribe hace muchos años en Granada, con nuestra antología progresiva en la colección “No + papel”.

Aunque la estructura formal del volumen distingue siete secciones (ética, bancos centrales, sistema financiero, mundo empresarial, pandemia, cultura y reseñas de libros), el propio autor admite que en realidad hay cuatro grandes bloques: ética, economía y derecho, pandemia y mundo cultural. El hilo conductor, confiesa, es el dinero entendido en un sentido amplio, como dispositivo alrededor del cual se articulan las relaciones políticas, sociales y económicas. Esta mirada permite que un texto sobre Juan Ramón Jiménez dialogue sin violencia con otro sobre pólizas de responsabilidad civil o sobre la arquitectura institucional de los bancos centrales.

El subtítulo “ensayos desde una ciudad abierta” no es un adorno geográfico, sino una clave de lectura: Málaga se convierte en metáfora de todas las ciudades expuestas al viento del comercio y al oleaje de la historia. 

La ciudad de Málaga funciona como laboratorio de esa fricción constante entre mercado y ágora, entre circulación de bienes y circulación de ideas, entre dinero como medida de intercambio y dinero como pretendida unidad de sentido y rescata, como no, el pensamiento de Adam Smith y el de Antonio Machado a través de Juan de Mairena. El primero, distinguiendo aquello que tiene valor intrínseco frente a lo superfluo y, el segundo, entre valor y precio. De ahí que convivan textos sobre la saga malagueña de los Larios, la Lex Flavia Malacitana o el urbanismo romano con reflexiones sobre el presente financiero global y la erosión del Estado social.

Uno de los rasgos más llamativos del libro es lo que el propio autor considera casi una omisión orgullosa: en ninguno de los 72 ensayos la inteligencia artificial desempeña un papel relevante. Esa ausencia, leída desde 2026, convierte el libro en testimonio de una última edad analógica de la reflexión económica y política, donde aún se escribe con incertidumbre, con erratas, con cambios de opinión no optimizados. El prefacio subraya esta condición: frente a la contralgoritmia de Ángel L. Fernández, estos textos defienden la persistencia de la experiencia singular y del pensamiento no lineal, construido a partir de la lectura personal y del goce de los sentidos.

No hay en estas páginas una teoría cerrada ni un sistema, sino el rastro de una conversación prolongada, interrumpida y recomenzada, que ensaya respuestas provisionales ante un orden mundial en transición entre un multilateralismo en retirada y nuevas formas de nacionalismo y repliegue identitario. La escritura de López Jiménez se sitúa en un lugar incómodo: es lo bastante técnica como para dialogar con el lenguaje de los bancos centrales, las directivas europeas o la tributación financiera, pero no renuncia a explicar ni a narrar, consciente de que el derecho, la economía y las finanzas también producen relatos. De ahí el interés por figuras como Nuccio Ordine, Murakami o Juan Ramón, y por la relación entre derecho y literatura o por la pedagogía de la economía a través del cine.

Algunos de los ensayos más sugerentes son precisamente aquellos donde el autor se detiene en la dimensión narrativa de lo jurídico y lo económico, como el texto dedicado al “Derecho como narrativa de leyes y preámbulos”. Siguiendo la estela de José Calvo, López Jiménez examina los preámbulos legales como prólogos que justifican y encuadran la norma, piezas que pertenecen tanto al campo de la técnica jurídica como al de la construcción de sentido. Esa sensibilidad narrativa reaparece cuando analiza series como Fariña o películas como “The Laundromat”, que le sirven para interrogar la lucha contra el narcotráfico, el blanqueo de capitales y las zonas de penumbra del capitalismo global.

El bloque dedicado a la pandemia actúa como un eje de torsión del libro: no solo altera los equilibrios macroeconómicos, sino que reconfigura la experiencia personal, las expectativas de futuro y la percepción del riesgo. En coherencia con el resto del volumen, la pandemia se lee desde la intersección entre políticas públicas, arquitectura financiera y vulnerabilidad individual, sin caer en el discurso melodramático ni en el tecnicismo frío. Los textos de estos años, leídos en conjunto, funcionan como un diario discontinuo de cómo se resquebraja el orden previo al virus y se ensayan nuevas gramáticas para nombrar la precariedad.

Hay en el libro una preocupación constante por el límite: el límite de los mercados sin ágora, el de la planificación total que temía Hayek, el de la mercantilización absoluta que denunciaba Polanyi. López Jiménez parece sostener que solo un diálogo exigente entre racionalidad financiera y densidad moral puede evitar que la sociedad quede atrapada entre estas dos formas de barbarie. De ahí su insistencia en temas como la fiscalidad del sector financiero, la justicia del impuesto sobre transacciones, la responsabilidad de los bancos en los rescates o la necesidad de políticas que no carguen sobre los “mansos” los costes de la crisis.

La sección dedicada a cultura y reseñas de libros opera como contraplano: en ella, el autor se deja interpelar por Nuccio Ordine, por los clásicos, por la relación entre educación, herejía y ciudadanía crítica. Frente a la dictadura del utilitarismo y el lucro, estos textos defienden el valor de una enseñanza que forme lectores capaces de resistir, más que profesionales eficientemente adaptados al mercado. 

Esa defensa de la lectura como lugar de metamorfosis enlaza, discretamente, con la propia forma del libro: este archivo de columnas dispersas aspira a ser, también, una pequeña biblioteca ideal para pensar el presente desde Málaga hacia el mundo.

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Sobre Memoria de haber curado, de Juan González Cabezas

La herida como jardín. Sobre Memoria de haber curado, de Juan González Cabezas

Hay poetas que ejercen dos profesiones con la misma mano. William Carlos Williams —médico de cabecera en Rutherford, Nueva Jersey, y uno de los grandes renovadores de la poesía norteamericana del siglo XX— consideraba que la medicina y la escritura eran «dos partes de un todo»: la una descansaba al hombre cuando la otra le fatigaba. En el caso de Juan González Cabezas, la relación es más subterránea y más honda. 

La medicina no aparece en este poemario como oficio ni como materia, pues es metáfora estructural: curar es aquí el nombre secreto del dolor propio que cicatriza, el verbo que el sujeto aplica sobre sí mismo antes que sobre ningún otro cuerpo. Memoria de haber curado —su nuevo poemario, publicado en mayo de 2025— es el relato cifrado de una herida que ha encontrado la manera de nombrarse. Y en González Cabezas, como en toda gran poesía, nombrar es el único modo de sanar.

Cuando presenté Canción de amor a Francisco Cabezas escrita por sus diecinueve sobrinos —el libro con el que Juan volvía a publicar tras casi dos décadas de silencio editorial— me imaginé en voz alta al poeta ejerciendo la medicina y recetando una buena dosis de Rimbaud a sus pacientes aquejados de melancolía: «Abandone sus miedos, salga a la calle, conquiste África. Déjese de recaptación de serotonina»

Era una broma, pero no del todo: en Juan, la poesía y la vida clínica han compartido siempre el mismo instrumental. Aquella tarde mencioné también, de pasada, que andaba inmerso en El libro de Isabel. Ese libro es, con otro nombre y otra piel, el que tenemos ahora entre las manos. Lo que entonces era un trabajo en proceso se ha convertido en uno de sus libros más intensos y necesarios.

La estructura como mapa del dolor

El libro se articula en nueve secciones —Flores para una salveCartas a LitaTres días, EleusisViridariumPoemas gallegosNoticias del veranoMínimos poemas de otoñoEl dolor de Ayax II y Memoria de haber curado— que funcionan menos como capítulos y más como estaciones de un recorrido interior. El tú que atraviesa el libro —femenino, esquivo, multiplicado en figuras como Lita, Isabel, María Hilffer o Dafne— no es una destinataria concreta sino una dirección en el espacio: el lugar al que apunta el poema cuando no sabe adónde ir.

La dedicatoria, A Isabel Eloisa, ancla el libro en lo real sin explicarlo. Y esa tensión —lo real que no se explica pero se nombra— es uno de los resortes más poderosos del poemario. Desde Viridiarium hemos podido seguir en la obra de Juan un gusto por lo clásico que coexiste con la deconstrucción de la realidad a través de la torsión extrema de la metáfora, en medio de una sencillez formal engañosa. Aquí esos rasgos aparecen en su versión más depurada: la exuberancia de imágenes está al servicio de una emoción que no admite ornamento gratuito.

La música como sistema nervioso

Antonia Toscano, en su prólogo, lo formula con exactitud: la música atraviesa todos los versos como una banda sonora del alma. No es metáfora ornamental. Bach entra entre los árboles, Billie Holiday suena dentro de una sombra, Verdi asoma en el bosque como un aria inesperada, Nina Simone y los Beatles desfilan junto a Wang Wei, Whitman y Vallejo. González Cabezas construye un espacio sonoro donde el poema es partitura antes que discurso.

Esa musicalidad no es solo temática: es también sintáctica. Sus versos tienen una cadencia particular, cortada y densa a la vez, que avanza por acumulación de imágenes más que por argumentación. El lector no sigue un razonamiento: sigue una melodía interrumpida. Es la misma confluencia que identificamos en Los poemas médicos entre la cultura popular y el universo del flamenco, o en El Bazar de los ángeles, donde la precisión musical y rítmica sostenía la memoria del amor en la inmediatez de lo doméstico. Aquí esa confluencia alcanza su formulación más ambiciosa.

El poeta que se cura

La sección que da título al libro es la más arriesgada y quizás la más lograda. Aquí el poeta deja hablar a la experiencia de la pérdida sin caer en el poema-documento. Los cuerpos que aparecen tienen heridas y llagas, savias, venas de sauce; la naturaleza —los almendros, las jaras, el mar, los asfódelos— no es decorado sino lenguaje: el único idioma en que el dolor puede decirse sin mentir. Curar no es, en este libro, devolver al estado anterior. Es acompañar la metamorfosis. La memoria de haber curado es, también, la memoria de haber sido testigo del propio misterio.

El ciclo de poemas que conforma esta sección tiene la densidad de un largo poema dividido en estampas, emparentado temáticamente con Estancias —aquella escritura depurada donde la muerte se asimilaba al cuerpo y a la naturaleza— pero con una intensidad emocional más expuesta, menos contenida. Si en Estancias el dolor se administraba con austeridad, aquí se derrama con una especie de valentía serena.

Una poesía de lujo verbal y verdad esencial.

González Cabezas es un poeta de la exuberancia controlada. Sus poemas acumulan imágenes —vegetales, acuáticas, musicales, mitológicas— con una generosidad que podría derivar en barroquismo si no estuviera gobernada por una emoción genuina que lo justifica todo. La diferencia entre la imagen gratuita y la imagen necesaria es, en su poesía, perfectamente legible.

Memoria de haber curado confirma a Juan González Cabezas como una de las voces más singulares de la poesía en español contemporánea: un poeta que ha construido, libro a libro y con una constancia que no hace ruido, un territorio propio donde conviven el blues y el Renacimiento flamenco, Billie Holiday y los asfódelos, Verdi en el bosque y los campesinos de la Serranía. Un poeta al que, como diría Pound, la dedicación a su trabajo no le deja descansar. Y eso, en tiempos de tanto ruido y tanta prisa, es un acto de resistencia frente al mundo y su olvido.

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Espacio abierto. Entrevista a José Eugenio Sánchez

Rafael Muñoz Zayas, publicado en la 142 Revista Cultural, número 14.

Buenas José Eugenio, finalmente, esta entrevista que queríamos tener en vivo no ha sido posible, sin embargo, aquí estamos, tratando de acercarte un poco al público español y a los lectores de 142

José Eugenio Sánchez, símbolo sexual de la banda de poesía y rock Un País Cayendo a Pedazos

Esta semana hemos tenido la oportunidad de tenerte en España y de poder verte en algunos de tus espectáculos, que van mucho más allá de lo meramente performántico y te sitúan más bien en la esfera rockstar con la que juegas a la hora de mostrar al público tu trabajo.

Esta identidad múltiple que te acoge, la de profesor, poeta, rockstar, en el fondo son las caras con las que un intelectual manifiesta su pensamiento, su posicionamiento e identidad como sujeto frente al mundo. 

Quizás aquí los lectores te recuerden por haber sido merecedor por X Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe, a la joven creación en 1997.

En tu país, México, apareces hasta en el catálogo de autoridades del INBA, por lo que damos por descontado que allí, para bien o para mal, conocen sobradamente tu capacidad para transformar la realidad a través del prisma de tu inteligencia poética. 

Hace ya más de dos décadas que comentas que el poeta ha de dejar los libros, los soportes documentales, y deshacerse en la vida, fundirse con ella y volver a ese poder primigenio del poeta, el que canta la vida de una comunidad, ¿sigues pensando que ese es el camino?

¿No habrá, como en todas las disciplinas, poetas documentalistas y otros, como es tu caso, capaces de armar una obra para el papel y otra para su goce efímero?

JES: Los poetas estamos muy ocupados tratando de destruir la poesía con nuestro ego y suposiciones o justificaciones de supervivencia: la poesía no necesariamente se escribe y sigo pensando que el poeta es un vehículo que conduce el objeto poético hacia el poema pero es la parte más irrelevante del documento que puede ser un texto o un vídeo o un suspiro

Como intelectual, sé que quizás la palabra no te sea cómoda, pero es una realidad, aprecias la poesía también como herramienta social y de cambio político. ¿Tienes fe en que es posible cambiar nuestra sociedad, siendo humanos?

JES: Es una pena que la humanidad no esté en extinción: nos han pasado las peores catástrofes y nos han servido para diseñar otras más deleznables: la poesía siempre podrá cambiar a alguien, pero también querrá no hacerlo con otros: la poesía es una arma peligrosa.

Has programado algunos festivales de poesía y has sido parte integrante de otros, ¿cómo has visto el FIL de Cádiz? Ha sido un festival de recuperación, con pocos medios económicos, pero con muchos afanes individuales que han luchado para hacerlo posible, recuperando la tradición atlántica y la vocación de Cádiz por ser puente con América y sus escritores. ¿Cuál es el valor que piensas que tienen estos encuentros? ¿Cómo te ves en esta segunda venida a la provincia de Cádiz?

JES: Cádiz es hermosa: me encanta la amabilidad y el olor y el calor y la calidez de todos los sitios. Me siento cómodo en cualquier sitio. Aprecio también sus poetas y sus intenciones estéticas que a la distancia pareciera que desean romper algo de la tradición, pero a la vez mantenerse en esa vertiente. El FIL de Cádiz es un esfuerzo enorme por hacer presente la voz de los autores de ambos lados del atlántico y me encanta ser parte de esto.

Pienso que el fondo los dos preferimos una buena canción a un buen poema, más que nada porque somos hijos de unas generaciones donde la música popular han tenido más influencia que, digamos, los poetas a los que hemos tenido acceso en los cementerios de la cultura que son las bibliotecas.

Leí el mano a mano con Tanya Huntington en el que opinabais sobre el Nobel a Dylan. La verdad es que pensé cuando se lo dieron al final se lo han dado a alguien que es sobradamente conocido, se lo podían haber dado a Murakami, pero la riqueza de Dylan, sus fuentes, su forma de marcar el espíritu de la cultura occidental no tiene comparación.

¿Crees que este Nobel sirvió al menos para que la sociedad humana se diera cuenta que los poetas pueden ser como Bob Dylan, lo cual abre bastante el espectro de lo que la sociedad humana puede considerar como poesía?

JES: Vuelvo a lo mismo: la grandilocuencia y la solemnidad son herramientas del conservadurismo: son artículos que privan al ser humano de la libertad. Es asqueroso aplaudir convencionalismos para juzgar y denigrar lo diferente.

El medio de la poesía es especialista en eso. Muchas personas entienden las palabras como monumentos de tesis y algunas de ellas como Bob Dylan develaron que Shakespeare cada noche sigue saliendo del dormitorio de aspirantes a doctorado y se enquista en los genitales de los incultos y sensibles amantes del placer.

Here the sun’s for real, traducido al inglés por Anna Rosenwong, ofrece una visión de tu poesía al público norteamericano de algunos de tus poemas escénicos, diríamos al modo albertiano, ¿has tenido oportunidad de ofrecer en Los Ángeles algún recital que muestre a ese público la potencia escénica de tu obra? 

JESEstados Unidos es un país de mil idiomas: en darnos a Dickinson, Cummings, Eliot, Ginsberg o adoptar a Brodsky, Anne carson o Marc Strand. Existe público para todo, pero creo que la revolución cultural de América será en lengua hispana.

Muchas gracias por dedicarnos tu tiempo, José Eugenio, espero que este ruido de Guacamayas con el que he revestido la conversación que hemos tenido, haya dejado lugar para tu voz.

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Materia sublevada. Víctor Rodríguez Núñez. RIL Editores. Barcelona, 2021.

Materia sublevada. Víctor Rodríguez Núñez. RIL Editores. Barcelona, 2021.

Rafael Muñoz Zayas

El pasado año, junto a Álvaro García, Rosa Romojaro, José Infante y María José Jiménez Tomé tuve la fortuna de pertenecer al jurado de la vigésima novena edición del Premio Manuel Alcántara de Poesía, en el que el poeta cubano Víctor Rodríguez Núñez, con el texto Siete proposiciones de lugar, fue galardonado. 

En principio, que entre cerca de trescientos poemas sea merecedor del premio, uno entre todos ellos, sancionado por el jurado de forma casi unánime, nos ofrece alguna garantía de que el autor premiado posee el mérito atribuido a una obra concreta, la presentada al certamen.

En el caso de Rodríguez Núñez, una vez abierta la plica, comprobamos con cierto alivio que esta obra que se premiaba estaba inserta dentro de un cosmos poético personal de altos vuelos, tanto literarios como de reconocimiento crítico, y que había sido merecedor, entre otros, de diferentes premios tanto en su Cuba natal como en México, Costa Rica o España, entre los que destacan el Gil de Biedma o el premio concedido por la Fundación Loewe en 2015.

Llama la atención que en este currículo literario brillante que atesore un reconocimiento al conjunto de su producción en Italia, donde recibió hace apenas un par de años, en 2020, el Premio Pescara de Poesía. Es de esa obra en su conjunto, a través del libro que les presentamos, de la que queremos hablarles.

Nace también de este mismo premio esta reseña. Uno o dos días antes de que se hiciera el acto de público de entrega, el presidente del jurado, Álvaro García, se comunicó con algunos escritores para hacerles partícipes de la presentación de la presentación de Materia sublevada en la Librería Luces de Málaga, luces de Heráclito, que diría Javier la Beira.

Gracias a la labor de José Antonio García, la Libería Luces se ha convertido en verdadero referente de la cultura literaria de la ciudad, acogiendo a autores de paso por esta Málaga literaria, novedades ajenas a las modas y, sobre todo, dedicando un especial mimo a los escritores que dedican a la poesía sus esfuerzos, más allá de su labor de consejero literario que ejerce cuando se le solicita con interés y sabiduría junto a sus compañeros. También, gracias a él, la presentación que se realizó está disponible en el mundo digital para todos aquellos que lo demanden. 

Materia sublevada es la antología que Víctor Rodríguez realiza de su obra, lo que él considera lo mejor y más representativo de lo publicado en dieciséis libros, como nos señala en el aviso a navegantes con el que principia el volumen. Libros escritos en un largo periodo de tiempo, entre 1979 con la edición de Cayama y 2018, año en el que vio la luz enseguida (o la gota de sangre en el novel). Es por ese conjunto, más los poemas que habrán aparecido salpicados en revistas literarias a lo largo de todo el territorio hispano y no, por lo que recibió el premio Pescara antes señalado y del que este libro nos da noticia. Distingue, el propio autor, ejerciendo labores de académico, tres fases en su poesía y una aspiración global en su obra, enumerando de forma sintética, pero eficiente las fuentes que construyen su vocación poética.

Empecemos por las fuentes, pues se adivinan, tamizadas por su personalísima escritura poética, las influencias de Lorca y Alberti. Del primero nos señala una lección maestra de lo que es poesía y en su oposición, lo que no debe serlo. Este teorema lorquiano queda reducido al siguiente enunciado: “Poesía es pensamiento por imágenes y discurso rítmico”.

De Alberti, según nos señala, toma cómo debe ser entendido el oficio de poeta, que, en su caso, en este año en el que nos acercamos al 120 aniversario de su nacimiento, es, más que nunca, oficio de creación en el que el lenguaje artístico vulnera todo límite y se incardina en imagen y texto y del que Víctor Rodríguez asume su magisterio en una de las líneas que define su poesía a partir de los 2000. Junto a estos dos poetas, otro de sus coetáneos, el peruano César Vallejo, del que asume el afán por innovar los modos del decir en la tradición poética. Y más allá de este trío de ases, dos poetas latinoamericanos como Juan Gelman y José Emilio Pacheco. 

Cada uno de estos autores, resuelve, en opinión de Rodríguez Núñez, dos problemas distintos relacionados con el hecho poético, por un lado, y con la condición de poeta, por otro. El primero abrió, siempre para nuestro autor, la posibilidad de hacer convivir lo lírico y lo coloquial en el poema; el segundo, la enseñanza que para ser poeta hay que ser intelectual primero, de tal forma que el poeta es un intelectual que expresa el pensamiento a través de la poesía.

No olvida a los poetas cubanos con los que inicia en el género, la poeta Albís Torres, que fue la primera que le enseñó el camino de la poesía, y el taller de La Habana del salvadoreño Roque Dalton, a modo de república igualitaria de las letras. 

Estas fuentes, sin duda alguna, son solo un atisbo del caudal literario al que se ha asomado el autor, pero es de agradecer que nos sitúe con claridad los puntos cardinales en los que se asienta en su obra poética. Otro de los dones que alumbran al poeta es su capacidad de autoanálisis, de examen de su propia escritura y de disección de las etapas en las que establece los diferentes ciclos que le dan vida. 

En la presentación de su libro nos habla de la existencia clara y delimitada de tres etapas, aunque, como veremos, esta separación atiende a un punto de vista formalista, y quizás el acercamiento a esta antología a través de los temas, transversales, reveladores de un hondo poso humano y existencial, es quizás más oportuna en esta breve reseña.

Volviendo a las fases que nos señala, nos indica que la primera abarca hasta antes de la publicación Actas de medianoche I, es decir, desde Cayama (Santiago de Cuba, Uvero. 1978) hasta la primera antología que cierra este periodo Con raro olor a mundo: Primera antología (La Habana, Unión. 2004). 

En la antología que tenemos entre las manos, serían el conjunto de poemas, desde Fábula, texto a modo de poema prologal con el que nos adentramos en esta obra, hasta Elogio del neutrino. El autor adscribe estos poemas a la corriente de la poesía que denomina “poesía conversacional”, ciclo que termina en opinión del autor porque “el poema se había convertido en una cárcel y tenía que salir de allí de alguna manera”.

Para poder escapar de esa cárcel en la que el poema se convertía en una unicidad clásica en el sentido más puro del término, un texto donde significado y significante formaban un todo indisoluble que se debía fijar en una página, el poeta acude al recurso de la elección no predestinada de esa forma, al flujo casi inconsciente del caudal poético, buscando un modo de escritura “lo más puro posible. No se trata de escritura automática, al modo de los surrealistas, sino de escritura orgánica, registro del pensamiento que ocurre…”. 

Esta conciencia orgánica se alumbra simultáneamente a la toma de conciencia del lugar desde donde se escribe, y esta iluminación clarifica la profundidad del propio yo que se torna poético en la escritura.

El concepto de poesía orgánica tiene su correlato en los libros Actas de medianoche I Actas de medianoche II, los dos publicados en España, el primero por la Junta de Castilla y León, en Valladolid, en 2006 y, el segundo, por la Diputación Provincial de Soria, en 2007 y, desde el lenguaje académico del poeta, enuncian otro de los principios sobre los que se asienta su obra: “Cayama es el sitio de enunciación de toda mi poesía”. Siendo Cayama el lugar del que procede el poeta, primer territorio donde la vida se vuelve mito y se inicia la conciencia que alumbrará la poesía. 

Siguen a estos poemas los pertenecientes al poemario Tareas, Premio Rincón de la Victoria en 2011, y publicado por la Editorial Renacimiento de Sevilla. Desde el poema “Orígenes” al poema “Citadinas”, donde se alternan versos enraizados en la cotidianeidad vivencial del autor con iluminaciones de altura, destellos de ese lugar que llamamos poesía que cimbrean toda esta antología de Víctor Rodríguez:

“el gorrión que interrumpe/el cabo de la vela/penumbra desatada/calle san Nicolás/gallo muerto en la esquina sin malicia/río que crecerá entre azoteas grises/no hay credo que te haga germinar”.

La antología va recorriendo a través de la producción última del autor, recogiendo poemas de diferentes libros, como son los pertenecientes al accésit del Premio Jaime Gil de Biedma, el formalismo clásico de las décimas que desgrana en Deshielos (Valparaíso Ediciones, 2014), los poemas que conforman Desde un granero rojo, Premio Alfons el Magnànim, Madrid, Hiperión, 2013, hasta los poemas que forman parte de Enseguida (O la gota de sangre en el nivel), Santiago de Chile, RIL, Aerea, 2018, que son los que cierran esta amplia selección en la que el autor rompe la regla de ser un mal antólogo de sí mismo, propiciando una visión completa, transversal e integradora de su voz poética a lo largo del tiempo y de los diferentes momentos en los que es escrita, siendo capaz de ofrecer un timbre autónomo y personal más allá de los ropajes que las modas ofrecen.

En definitiva, un libro de un autor reconocido que cumple con las expectativas a los que se enfrentan los lectores de ese espacio de creación al que denominamos poesía.

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