El falsario que siempre supo la verdad, por Rafael Muñoz Zayas
Hay poetas que publican porque necesitan hacerlo, y hay poetas que publican porque alguien insiste en que deben hacerlo. Javier La Beira pertenece, según su propia declaración inicial, a la segunda categoría. Filólogo, escritor diletante —sus palabras— y poeta de toda la vida a su pesar, La Beira presenta en No más que viento (GARUM, 2025) su poesía reunida: los poemas que, tras año y medio de revisión, corrección y reescritura, consideró dignos de sobrevivir. De aquí se infiere que esta poesía reunida es el generoso ejercicio de salvación de un autor frente a su obra.
El título procede de la Epopeya de Gilgamesh, la obra épica más antigua conocida: «Los hombres tienen contados sus días / todo cuanto hacen no es más que viento». La elección no es casual ni pretenciosa: La Beira la asume con la ironía propia de quien sabe que la transitoriedad es la condición más antigua del hombre y, aun así, escribe. Frente a la nada, el poema. Frente al viento, la palabra que lo nombra. Frente al vacío de la muerte, la vida que se vive intensamente.
El libro se organiza en cuatro partes claramente diferenciadas. La primera, La vida y la poesía, esta aventura, recoge la materia biográfica más directa: el nacimiento en Málaga, la familia, la memoria doméstica. La segunda, El amor, esa ceremonia, es la más extensa y quizás la más rica: un desfile de amores reales, posibles o imposibles, de mujeres con nombre o con su sobrenombre literario, recorridos con humor, melancolía y una sensualidad que nunca cae en el patetismo. La tercera sección, La atracción, aquel fuego ingobernable, explora el deseo como fuerza que desborda la voluntad. La última, Post mortem, es un solo poema largo y deslumbrante, dedicado a Isabel Palop, en el que el poeta imagina el día de su propia muerte con gran ternura.
La voz de La Beira es inconfundible: culta sin pedantería, irónica sin cinismo, capaz de pasar del epigrama erótico al poema de amor más serio sin que el lector sienta el salto. Sus referencias —Shakespeare, Quevedo, Alberti, Pessoa, García Márquez, Tracy Chapman, Lady Gaga— no son adorno sino parte de un sistema nervioso que conforma su identidad personal que se derrama a lo literario. Leer a La Beira es leer a alguien que ha leído mucho y que, sobre todo, ha vivido más.
Hay un momento en el libro que merece detenerse: el poema «Las tentaciones de San Antonio Flaubert La Beira», en el que el poeta, adoptando la voz del demonio tentador —con ecos directos de la obra de Flaubert—, despliega una seducción barroca y poderosa. El poema apareció originariamente en las páginas del Diario Sur, en una sección dedicada a la poesía, y quien escribe puede dar fe de la honda impresión que causó en aquella juventud de los veinte años: había en él una inteligencia del deseo, una forma de nombrar la tentación, que por algún extraño mecanismo que une al lector de poesía con un poema, me conectó directamente con ese pequeño universo poemático. Ahora, en su versión para No más que viento, el verso final ha sufrido una mutación significativa: donde antes leíamos «Seré casi Flaubert si me amas», el poema cierra con la sustitución de Flaubert por Rainer Maria Rilke. El cambio parece mínimo, pero produce un extrañamiento de enorme eficacia. En la versión anterior, el nombre de Flaubert era internamente coherente: el demonio que tienta a San Antonio prometía convertirse en el propio autor del relato, cerrando el poema sobre sí mismo en un juego de espejos perfectamente cerrado. Al sustituirlo por Rilke, La Beira rompe esa coherencia interna y abre una grieta inesperada: Rilke no pertenece al universo flaubertiano de las tentaciones, sino al de la entrega lírica absoluta, al del poeta que convierte el amor y la angustia existencial en las Elegías de Duino —que alguno confundió con otras elegías del vino—, en los Sonetos a Orfeo. El demonio ya no promete ser el narrador de la tentación, sino el poeta del deseo más puro.
Es un extrañamiento que desplaza el poema de la tradición narrativa francesa del siglo XIX hacia la lírica centroeuropea del XX, y ese desplazamiento, concentrado en un solo nombre, transforma retroactivamente el sentido de todo lo que precede.
No más que viento es un libro que se lee con la sensación de estar en buena compañía: la de alguien que ha aprendido que la poesía no es vanidad: es necesidad; y que incluso las cosas que se lleva el viento merecen ser nombradas antes de irse.
