Archivo de la etiqueta: poesía contemporánea

Sobre Memoria de haber curado, de Juan González Cabezas

La herida como jardín. Sobre Memoria de haber curado, de Juan González Cabezas

Hay poetas que ejercen dos profesiones con la misma mano. William Carlos Williams —médico de cabecera en Rutherford, Nueva Jersey, y uno de los grandes renovadores de la poesía norteamericana del siglo XX— consideraba que la medicina y la escritura eran «dos partes de un todo»: la una descansaba al hombre cuando la otra le fatigaba. En el caso de Juan González Cabezas, la relación es más subterránea y más honda. 

La medicina no aparece en este poemario como oficio ni como materia, pues es metáfora estructural: curar es aquí el nombre secreto del dolor propio que cicatriza, el verbo que el sujeto aplica sobre sí mismo antes que sobre ningún otro cuerpo. Memoria de haber curado —su nuevo poemario, publicado en mayo de 2025— es el relato cifrado de una herida que ha encontrado la manera de nombrarse. Y en González Cabezas, como en toda gran poesía, nombrar es el único modo de sanar.

Cuando presenté Canción de amor a Francisco Cabezas escrita por sus diecinueve sobrinos —el libro con el que Juan volvía a publicar tras casi dos décadas de silencio editorial— me imaginé en voz alta al poeta ejerciendo la medicina y recetando una buena dosis de Rimbaud a sus pacientes aquejados de melancolía: «Abandone sus miedos, salga a la calle, conquiste África. Déjese de recaptación de serotonina». 

Era una broma, pero no del todo: en Juan, la poesía y la vida clínica han compartido siempre el mismo instrumental. Aquella tarde mencioné también, de pasada, que andaba inmerso en El libro de Isabel. Ese libro es, con otro nombre y otra piel, el que tenemos ahora entre las manos. Lo que entonces era un trabajo en proceso se ha convertido en uno de sus libros más intensos y necesarios.

La estructura como mapa del dolor

El libro se articula en nueve secciones —Flores para una salve, Cartas a Lita, Tres días, Eleusis, Viridarium, Poemas gallegos, Noticias del verano, Mínimos poemas de otoño, El dolor de Ayax II y Memoria de haber curado— que funcionan menos como capítulos y más como estaciones de un recorrido interior. El tú que atraviesa el libro —femenino, esquivo, multiplicado en figuras como Lita, Isabel, María Hilffer o Dafne— no es una destinataria concreta sino una dirección en el espacio: el lugar al que apunta el poema cuando no sabe adónde ir.

La dedicatoria, A Isabel Eloisa, ancla el libro en lo real sin explicarlo. Y esa tensión —lo real que no se explica pero se nombra— es uno de los resortes más poderosos del poemario. Desde Viridiarium hemos podido seguir en la obra de Juan un gusto por lo clásico que coexiste con la deconstrucción de la realidad a través de la torsión extrema de la metáfora, en medio de una sencillez formal engañosa. Aquí esos rasgos aparecen en su versión más depurada: la exuberancia de imágenes está al servicio de una emoción que no admite ornamento gratuito.

La música como sistema nervioso

Antonia Toscano, en su prólogo, lo formula con exactitud: la música atraviesa todos los versos como una banda sonora del alma. No es metáfora ornamental. Bach entra entre los árboles, Billie Holiday suena dentro de una sombra, Verdi asoma en el bosque como un aria inesperada, Nina Simone y los Beatles desfilan junto a Wang Wei, Whitman y Vallejo. González Cabezas construye un espacio sonoro donde el poema es partitura antes que discurso.

Esa musicalidad no es solo temática: es también sintáctica. Sus versos tienen una cadencia particular, cortada y densa a la vez, que avanza por acumulación de imágenes más que por argumentación. El lector no sigue un razonamiento: sigue una melodía interrumpida. Es la misma confluencia que identificamos en Los poemas médicos entre la cultura popular y el universo del flamenco, o en El Bazar de los ángeles, donde la precisión musical y rítmica sostenía la memoria del amor en la inmediatez de lo doméstico. Aquí esa confluencia alcanza su formulación más ambiciosa.

El poeta que se cura

La sección que da título al libro es la más arriesgada y quizás la más lograda. Aquí el poeta deja hablar a la experiencia de la pérdida sin caer en el poema-documento. Los cuerpos que aparecen tienen heridas y llagas, savias, venas de sauce; la naturaleza —los almendros, las jaras, el mar, los asfódelos— no es decorado sino lenguaje: el único idioma en que el dolor puede decirse sin mentir. Curar no es, en este libro, devolver al estado anterior. Es acompañar la metamorfosis. La memoria de haber curado es, también, la memoria de haber sido testigo del propio misterio.

El ciclo de poemas que conforma esta sección tiene la densidad de un largo poema dividido en estampas, emparentado temáticamente con Estancias —aquella escritura depurada donde la muerte se asimilaba al cuerpo y a la naturaleza— pero con una intensidad emocional más expuesta, menos contenida. Si en Estancias el dolor se administraba con austeridad, aquí se derrama con una especie de valentía serena.

Una poesía de lujo verbal y verdad esencial.

González Cabezas es un poeta de la exuberancia controlada. Sus poemas acumulan imágenes —vegetales, acuáticas, musicales, mitológicas— con una generosidad que podría derivar en barroquismo si no estuviera gobernada por una emoción genuina que lo justifica todo. La diferencia entre la imagen gratuita y la imagen necesaria es, en su poesía, perfectamente legible.

Memoria de haber curado confirma a Juan González Cabezas como una de las voces más singulares de la poesía en español contemporánea: un poeta que ha construido, libro a libro y con una constancia que no hace ruido, un territorio propio donde conviven el blues y el Renacimiento flamenco, Billie Holiday y los asfódelos, Verdi en el bosque y los campesinos de la Serranía. Un poeta al que, como diría Pound, la dedicación a su trabajo no le deja descansar. Y eso, en tiempos de tanto ruido y tanta prisa, es un acto de resistencia frente al mundo y su olvido.

Share

No más que viento, de Javier La Beira

El falsario que siempre supo la verdad, por Rafael Muñoz Zayas

Hay poetas que publican porque necesitan hacerlo, y hay poetas que publican porque alguien insiste en que deben hacerlo. Javier La Beira pertenece, según su propia declaración inicial, a la segunda categoría. Filólogo, escritor diletante —sus palabras— y poeta de toda la vida a su pesar, La Beira presenta en No más que viento (GARUM, 2025) su poesía reunida: los poemas que, tras año y medio de revisión, corrección y reescritura, consideró dignos de sobrevivir. De aquí se infiere que  esta  poesía reunida  es el generoso ejercicio de salvación de un autor frente a su obra.

El título procede de la Epopeya de Gilgamesh, la obra épica más antigua conocida: «Los hombres tienen contados sus días / todo cuanto hacen no es más que viento». La elección no es casual ni pretenciosa: La Beira la asume con la ironía propia de quien sabe que la transitoriedad es la condición más antigua del hombre y, aun así, escribe. Frente a la nada, el poema. Frente al viento, la palabra que lo nombra. Frente al vacío de la muerte, la vida que se vive intensamente.

El libro se organiza en cuatro partes claramente diferenciadas. La primera, La vida y la poesía, esta aventura, recoge la materia biográfica más directa: el nacimiento en Málaga, la familia, la memoria doméstica. La segunda, El amor, esa ceremonia, es la más extensa y quizás la más rica: un desfile de amores reales, posibles o imposibles, de mujeres con nombre o con su sobrenombre literario, recorridos con humor, melancolía y una sensualidad que nunca cae en el patetismo. La tercera sección, La atracción, aquel fuego ingobernable, explora el deseo como fuerza que desborda la voluntad. La última, Post mortem, es un solo poema largo y deslumbrante, dedicado a Isabel Palop, en el que el poeta imagina el día de su propia muerte con gran ternura.

La voz de La Beira es inconfundible: culta sin pedantería, irónica sin cinismo, capaz de pasar del epigrama erótico al poema de amor más serio sin que el lector sienta el salto. Sus referencias —Shakespeare, Quevedo, Alberti, Pessoa, García Márquez, Tracy Chapman, Lady Gaga— no son adorno sino parte de un sistema nervioso que conforma su identidad personal que se derrama a lo literario. Leer a La Beira es leer a alguien que ha leído mucho y que, sobre todo, ha vivido más.

Hay un momento en el libro que merece detenerse: el poema «Las tentaciones de San Antonio Flaubert La Beira», en el que el poeta, adoptando la voz del demonio tentador —con ecos directos de la obra de Flaubert—, despliega una seducción barroca y poderosa. El poema apareció originariamente en las páginas del Diario Sur, en una sección dedicada a la poesía, y quien escribe puede dar fe de la honda impresión que causó en aquella juventud de los veinte años: había en él una inteligencia del deseo, una forma de nombrar la tentación, que por algún extraño mecanismo que une al lector de poesía con un poema, me conectó directamente con ese pequeño universo poemático. Ahora, en su versión para No más que viento, el verso final ha sufrido una mutación significativa: donde antes leíamos «Seré casi Flaubert si me amas», el poema cierra con la sustitución de Flaubert por Rainer Maria Rilke. El cambio parece mínimo, pero produce un extrañamiento de enorme eficacia. En la versión anterior, el nombre de Flaubert era internamente coherente: el demonio que tienta a San Antonio prometía convertirse en el propio autor del relato, cerrando el poema sobre sí mismo en un juego de espejos perfectamente cerrado. Al sustituirlo por Rilke, La Beira rompe esa coherencia interna y abre una grieta inesperada: Rilke no pertenece al universo flaubertiano de las tentaciones, sino al de la entrega lírica absoluta, al del poeta que convierte el amor y la angustia existencial en las Elegías de Duino —que alguno confundió con otras elegías del vino—, en los Sonetos a Orfeo. El demonio ya no promete ser el narrador de la tentación, sino el poeta del deseo más puro. 

Es un extrañamiento que desplaza el poema de la tradición narrativa francesa del siglo XIX hacia la lírica centroeuropea del XX, y ese desplazamiento, concentrado en un solo nombre, transforma retroactivamente el sentido de todo lo que precede.

No más que viento es un libro que se lee con la sensación de estar en buena compañía: la de alguien que ha aprendido que la poesía no es vanidad: es necesidad; y que incluso las cosas que se lleva el viento merecen ser nombradas antes de irse.

Share

Espacio abierto. Entrevista a José Eugenio Sánchez

Rafael Muñoz Zayas, publicado en la 142 Revista Cultural, número 14.

Buenas José Eugenio, finalmente, esta entrevista que queríamos tener en vivo no ha sido posible, sin embargo, aquí estamos, tratando de acercarte un poco al público español y a los lectores de 142. 

José Eugenio Sánchez, símbolo sexual de la banda de poesía y rock Un País Cayendo a Pedazos

Esta semana hemos tenido la oportunidad de tenerte en España y de poder verte en algunos de tus espectáculos, que van mucho más allá de lo meramente performántico y te sitúan más bien en la esfera rockstar con la que juegas a la hora de mostrar al público tu trabajo.

Esta identidad múltiple que te acoge, la de profesor, poeta, rockstar, en el fondo son las caras con las que un intelectual manifiesta su pensamiento, su posicionamiento e identidad como sujeto frente al mundo. 

Quizás aquí los lectores te recuerden por haber sido merecedor por X Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe, a la joven creación en 1997.

En tu país, México, apareces hasta en el catálogo de autoridades del INBA, por lo que damos por descontado que allí, para bien o para mal, conocen sobradamente tu capacidad para transformar la realidad a través del prisma de tu inteligencia poética. 

Hace ya más de dos décadas que comentas que el poeta ha de dejar los libros, los soportes documentales, y deshacerse en la vida, fundirse con ella y volver a ese poder primigenio del poeta, el que canta la vida de una comunidad, ¿sigues pensando que ese es el camino?

¿No habrá, como en todas las disciplinas, poetas documentalistas y otros, como es tu caso, capaces de armar una obra para el papel y otra para su goce efímero?

JES: Los poetas estamos muy ocupados tratando de destruir la poesía con nuestro ego y suposiciones o justificaciones de supervivencia: la poesía no necesariamente se escribe y sigo pensando que el poeta es un vehículo que conduce el objeto poético hacia el poema pero es la parte más irrelevante del documento que puede ser un texto o un vídeo o un suspiro

Como intelectual, sé que quizás la palabra no te sea cómoda, pero es una realidad, aprecias la poesía también como herramienta social y de cambio político. ¿Tienes fe en que es posible cambiar nuestra sociedad, siendo humanos?

JES: Es una pena que la humanidad no esté en extinción: nos han pasado las peores catástrofes y nos han servido para diseñar otras más deleznables: la poesía siempre podrá cambiar a alguien, pero también querrá no hacerlo con otros: la poesía es una arma peligrosa.

Has programado algunos festivales de poesía y has sido parte integrante de otros, ¿cómo has visto el FIL de Cádiz? Ha sido un festival de recuperación, con pocos medios económicos, pero con muchos afanes individuales que han luchado para hacerlo posible, recuperando la tradición atlántica y la vocación de Cádiz por ser puente con América y sus escritores. ¿Cuál es el valor que piensas que tienen estos encuentros? ¿Cómo te ves en esta segunda venida a la provincia de Cádiz?

JES: Cádiz es hermosa: me encanta la amabilidad y el olor y el calor y la calidez de todos los sitios. Me siento cómodo en cualquier sitio. Aprecio también sus poetas y sus intenciones estéticas que a la distancia pareciera que desean romper algo de la tradición, pero a la vez mantenerse en esa vertiente. El FIL de Cádiz es un esfuerzo enorme por hacer presente la voz de los autores de ambos lados del atlántico y me encanta ser parte de esto.

Pienso que el fondo los dos preferimos una buena canción a un buen poema, más que nada porque somos hijos de unas generaciones donde la música popular han tenido más influencia que, digamos, los poetas a los que hemos tenido acceso en los cementerios de la cultura que son las bibliotecas.

Leí el mano a mano con Tanya Huntington en el que opinabais sobre el Nobel a Dylan. La verdad es que pensé cuando se lo dieron al final se lo han dado a alguien que es sobradamente conocido, se lo podían haber dado a Murakami, pero la riqueza de Dylan, sus fuentes, su forma de marcar el espíritu de la cultura occidental no tiene comparación.

¿Crees que este Nobel sirvió al menos para que la sociedad humana se diera cuenta que los poetas pueden ser como Bob Dylan, lo cual abre bastante el espectro de lo que la sociedad humana puede considerar como poesía?

JES: Vuelvo a lo mismo: la grandilocuencia y la solemnidad son herramientas del conservadurismo: son artículos que privan al ser humano de la libertad. Es asqueroso aplaudir convencionalismos para juzgar y denigrar lo diferente.

El medio de la poesía es especialista en eso. Muchas personas entienden las palabras como monumentos de tesis y algunas de ellas como Bob Dylan develaron que Shakespeare cada noche sigue saliendo del dormitorio de aspirantes a doctorado y se enquista en los genitales de los incultos y sensibles amantes del placer.

Here the sun’s for real, traducido al inglés por Anna Rosenwong, ofrece una visión de tu poesía al público norteamericano de algunos de tus poemas escénicos, diríamos al modo albertiano, ¿has tenido oportunidad de ofrecer en Los Ángeles algún recital que muestre a ese público la potencia escénica de tu obra? 

JES: Estados Unidos es un país de mil idiomas: en darnos a Dickinson, Cummings, Eliot, Ginsberg o adoptar a Brodsky, Anne carson o Marc Strand. Existe público para todo, pero creo que la revolución cultural de América será en lengua hispana.

Muchas gracias por dedicarnos tu tiempo, José Eugenio, espero que este ruido de Guacamayas con el que he revestido la conversación que hemos tenido, haya dejado lugar para tu voz.

Aprendizaje atrapasueños Bulgaria Bulgarų kalbos mokytoja canto del mal soldado costa da morte crítica cuarentena 1 Dead Shirt Society Diario Sur Dovilé Kuzmickaité dream catchers El amor es lluvia de uranio entrevista Frato Irina Daskalov Isla Negra Javier La Beira Strani jazz José Eugenio Sánchez José Medina Galeote Juan Manuel González Cabezas Kafka la profesara de búlgaro Latinale Materia sublevada Micromashin poetic festival México naturaleza muerta neville No más que viento poemas poesía poesía contemporánea poetas Rafael Muñoz Zayas RIL Editores Rilke Riogordo Siberiana Books sommen variaciones verano verdún Víctor Rodríguez Núñez

Share