El juego de la alta cultura y algunos outsider

Miroslav Tichy y Walter Benjamin, mínima historia de la creación.

El 12 de abril de 2011 falleció en Kyjov, República Checa, Miroslav Tichy. Nacido en 1926 en la misma ciudad que le vio morir, el interés que despertó su obra en la parte final de su vida niveló la balanza de una existencia que fue duramente castigada, tanto por la mediocridad de sus inicios en los que ejercicio de pintor académico ―poco original, a decir de algunos críticos― como por la persecución obsesiva que sufrió por parte del régimen comunista checo. No podemos dejar de mencionar los intentos caritativos de almas biempensantes o de los servicios sociales del mercadeo del arte que, en las últimas décadas, habían intentado «rescatarlo» de la vida que había escogido vivir, aunque fuera tan solo por recibir a cambio algunas de las instantáneas reveladas en sus cacerías de imágenes por las calles de Kyjov.

Durante años se nos ha adoctrinado por parte de la crítica de las expresiones artísticas que vida y obra en un creador forman parte de dos mundos que se rozan tangencialmente, pero, para nosotros, como seres humanos insertos en un sistema vital donde nuestros actos no pueden quedar escindidos de lo que somos y de lo que vivimos, aunque solo sea con la finalidad última de que la existencia propia y ajena pueda albergar algún sentido y se nos permita, de este modo, vivir en un mundo con el menor número de incógnitas posibles, saber de Tichy, conocer quién fue y a qué intereses servía, en cierta manera, nos sirve de contrapeso normalizador al espacio en el que se ha situado su obra ―de forma paulatina, mas implacable― en la Historia del Arte contemporánea. Apenas pasados unos años del nacimiento de Miroslav Tichy, otro creador, Walter Benjamin, en 1931, publicaba unos de los textos más interesantes sobre la aparición este arte, «Pequeña historia de la fotografía», en el que siguiendo su habitual estilo de investigación creadora se sumergía, a través de múltiples textos interconectados pero independientes entre sí, en este fenómeno, al que describió, en un primer momento, como un puro y, en un segundo estadio en el que seguimos inmersos, dominado por su mercantilización. Si Benjamin hubiera tenido tiempo suficiente para vivir y conocer la obra de Tichy, hubiera descubierto que el ideal del arte por el arte, al menos en el mundo del daguerrotipo, había seguido vivo hasta hace bien poco, en una concepción «clásica», en la obra del fotógrafo checo. Claro que este ideal lo asumía Tichy solo parcialmente, pues, como sabemos y se nos ha demostrado a lo largo del último siglo, el mercado se perfecciona y es capaz de rentabilizar a sus hijos más díscolos: siempre existen agentes ―que podemos denominar económicos― dispuestos a iniciar un proceso de intermediación mediante el cual los objetos artísticos se transforman en bienes, tanto tangibles como intangibles, iniciándose de esta manera un proceso de desnaturalización del arte, en el que solo la producción artística puede quedar fuera de la esfera de los procesos económicos, si esta no es su finalidad primaria. Tichy y Benjamin representan, por otra parte, dos modelos antagónicos de figuras polarizadoras de lo que Benjamin denominaba «alta cultura».

Él mismo como intelectual más allá de los intelectuales académicamente establecidos, sumido en un esfuerzo constante por comprender la realidad que le rodeaba, lo que le llevó a una voraz necesidad de sistematizar conocimiento. No desde una perspectiva única y preestablecida: sabía que la realidad es lo absolutamente verdadero, como podría afirmar Heidegger, pero que, sin embargo, solo se puede fijar lo real en su devenir, y que esa captura llega, como una trampa de fotones, en la imagen capturada en la cámara oscura de los primeros aparatos fotográficos. Tichy, por su parte, es lo que generalmente se denomina un «outsider» en el mundo de la cultura, pero es un «outsider» real, en la total exclusión social, económica, artística, porque brota de un rechazo de todo aquello que escapa de su control. Ver a Miroslav Tichy bebiendo de una botella de vino, desdentado, entre las ruinas de su cabaña, con sus cámaras confeccionadas con los objetos que encuentra revolviendo en la basura produce un efecto descorazonador por un lado, desmitificador por otro, ya que en su discurso ―inconexo, irreal, hecho juego paródico y alegórico en su propia persona y proyección al mundo― desdice a aquellos que, por sorpresa, lo han situado en el centro de la escena y del mercado del arte, sobre todo, cuando en medio del caos vital enlaza en su discurso el juego de la imagen captada con las teorías platónicas y el dominio de la voluntad de Schopenhaeur. Todo ello aderazado con una sonrisa burlona, una ironía mordaz en el modo, ordenado, en el que construye y deconstruye sus palabras.

Es la imagen en movimiento, la ilusión de lo verdadero en el continuum, donde los ejes temporales de lo capturado en un fotograma (lo ucrónico, lo verdadero) avanzan por la ficción de continuos instantes detenidos, a los que se sustrae de lo sincrónico mediante la ilusión de lo real, de lo vivido. Es el mito de la caverna del que habla José María López, nuestro contemporáneo y amigo, cuando habla de la ficción en la que viven inmersos los habitantes de los sistemas financieros. Es la misma ficción que nos alcanza a nosotros, los apenas diletantes, que vivimos de espaldas a la realidad o irrealidad de lo que percibimos o consideramos como arte, sin ni siquiera proponérnoslo, o quizás sí Otra imagen, la de Walter Benjamin en una biblioteca, consultando sus fichas, atildado, con el logro burgués de la pluma entrelazada entre los dedos pulgar e índice la mano derecha, ajeno al objetivo que captura su imagen, mientras la mano izquierda detiene, con todos los dedos de la mano extendidos, las láminas que consulta. La mirada se concentra en ellas, el cabello encanecido y, las gafas, de montura fina, armadas hasta el principio de la nariz, detenidas en un instante para siempre, o, al menos, para un siempre que esperemos que nos alcance.

La nariz, como un reconocimiento más allá de lo implícito de su origen judío, y el traje de tweed, con chaleco, con la corbata ancha perfectamente anudada demostrando que hay una línea cierta y delgada que lo une al artista checo, con la barba blanca desatada y el traje negro impoluto, planchado para la ocasión, mientras habla a alguien a la derecha del objetivo, como si dos dandis, de otro tiempo, no hay duda, dialogaran con nosotros a través de un incesante juego de imágenes detenidas. Si lo pensamos bien, no somos más que la combinación realizada en nuestra memoria, el asidero al que se agarran esos frágiles replicantes que todos albergamos en nuestro interior, cuando contemplamos una memoria construida por instantes captados a través de una cámara fotográfica.

¿Qué diríamos si hubiera una instantánea tomada por Tichy en el momento en que Benjamín se quitaba la vida? ¿Sería a través de una ventana? ¿Por el resquicio que deja una rendija apenas vista entre los visillos? Recuerdo un poema de Brecth en el que escribe sobre la muerte de Benjamin, su amigo. Recrea, con la fuerza de los versos, con ese caudal que emana de la poesía, el acto, intelectual, de su suicidio. No es como ese poema de Ginsberg en el que entabla conversación con Ernesto «Che» Guevara al contemplar su imagen, sin vida, en un periódico tras su muerte en Bolivia. La muerte, sobrevenida por otros, ejecutada por otros, no se detiene unos instantes después de producirse.

No es una recreación intelectual, es el resultado de un acto de contemplación, el fogonazo que capta la emoción de un instante en forma de poema tras los disparos: «En un periódico europeo la foto de tu rostro joven cuando te mataron; tus ojos abiertos de niño radiante femenino, con muy poca barba. Tumbado sonríes sereno como si los labios de una mujer besaran partes invisibles de tu cuerpo. Cadáver reposado de un muchacho angélico» Estos últimos años han sido publicados algunos textos sobre Tichy, el que más me ha interesado ha sido el Elena Vozmediano, publicado en El Cultural, el veinte de febrero de 2009. En él, a la par que nos introduce en las distintas exposiciones fotográficas realizadas a partir de la obra de Tichy, existentes por aquellas fecha en España, nos introduce someramente en la vida del artista. Desde las primeras línea nos plantea el dilema de si nos encontramos con una obra que se puede encuadrar dentro del «brut art» o si bien, lo que tenemos en frente de nosotros, es la obra de un artista genuino, consciente de la producción de una obra única y singular y que, como hemos señalado previamente, se encuentra más allá de los límites establecidos de la cultura general (ausencia de público, producción privada, no destinado al consumo, al margen de los valores convencionales que marcan lo socialmente correcto y culturalmente prevalente).

Vozmediano señala el particular método que sigue Tichy para capturar sus imágenes: una cámara hecha por su propia mano (este es un detalle en el que habría que indagar desde perspectivas múltiples), que camina por las calles empujado por el azar y que persigue a las mujeres que fotografía con el mismo espíritu merodear de los múltiples protagonistas que inundan los poemas de la Ciudad del hombre, Barcelona, de José María Fonollosa. Como artista ejemplar que fue, nada interesado en la farándula del mercado del arte ni en la fama, únicamente dedicado a captar la realidad que más le fascinaba por el objetivo de su desvencijada cámara, Miroslav Tichy es el contrapunto del este a los artistas del mundo occidental, coetáneos suyos en la década de los setenta y los ochenta del pasado siglo, los cuales tenían, como principal objetivo vital, la intención de sobrevivir dignamente por medio del ejercicio de su talento artístico. No hay malo en ello, es cierto.

Estos días he estado pensando en cómo la voluntad de escritura consiguió «salvar» a C. Bukowski de los malos vinos y de la cerveza barata, para llevarlo al whisky escocés de quince años y a emborracharse en restaurantes elegantes rodeado de una cohorte de admiradores, muy del gusto de esta época pop y postmodernista en la que vivimos, aunque nos pese. En el fondo, Bukowski se tomaba tan en serio su compromiso con la escritura como Miroslav con la fotografía: solo querían hacer lo que más les interesaba, aunque el primero prefirió el camino que el sueño americano le mostraba, mientras que Tichy, el nihilista social, antepuso su independencia vital y personal y prosiguió, obsesivo, su empeño en devolver las imágenes del presente a la categoría de pasado continuo en el que vivimos mediante su prodigiosa cámara fotográfica, suerte de máquina del tiempo.

Minerva Reynosa publicó en su blog hace ya más de un década un post en él que se reproducía una pequeña fracción del documental de Buxbaum sobre Tichy «Tarzán en la jubilación». Este documental es una interesante aproximación al contraste entre repercusión de la obra de Tichy y la vida del mismo dentro de las numerosa bibliografía existente en la red sobre su obra, les recomiendo la breve aproximación que realiza Nicholas Forrest: A life less ordinary, que vincula de nuevo a Miroslav Tichy con Bukowski y, alejándonos un poco en el tiempo, con Benvenutto Cellini, otro artista de vida desmedida.

Pero no podemos terminar este texto sin recordar un texto de Walter Benjamin sobre la fotografía que, sin saberlo, nos acerca al modo de trabaja de Tichy, a hurtadillas, siguiendo con paso vacilante a las mujeres que gustaba de retratar y que, una vez reveladas, dejaba al pairo en el desorden de su hogar: «La naturaleza que habla a la cámara es distinta de la que habla a los ojos; distinta sobre todo porque un espacio elaborado inconscientemente aparece en lugar de un espacio que el hombre ha elaborado con consciencia.

Es corriente, por ejemplo, que alguien se dé cuenta, aunque sólo sea a grandes rasgos, de la manera de andar de las gentes, pero seguro que no sabe nada de su actitud en esa fracción de segundo en que se alarga el paso. La fotografía en cambio la hace patente con sus medios auxiliares, con el retardador, con los aumentos. Sólo gracias a ella percibimos ese inconsciente óptico, igual que sólo gracias al psicoanálisis percibimos el inconsciente pulsional». Ficción, solo eso, es lo que vemos a través del objetivo de la cámara de Tichy, fragmento de realidad, sueño desconcertante, vigilia imposible de distinguir del sueño, como nos dice Descartes, siempre, y tantas veces.

Share

Algo robado a la noche

Hay un pinzón y unas alondras
 
el pinzón está quieto 
dormido sobre una rama
 
las alondras corretean inquietas
sobre el cielo del asfalto
 
de vez en cuando levantan el vuelo
van y vienen desde los arcenes
hasta el corazón de la carretera
 
me pregunto qué hay entre sus alas
qué se dicen mientras levantan la cabeza
y su pico se abre y un sonido 
pequeño y verde 
escapa de ellos
 
hay un pinzón 
y unas alondras
y quisiera que el mundo
se llene de colores naranjas
 
que oliera a flores de moral
que el cielo fuera un largo paño
tendido de un árbol inmenso a otro
y que me pudiera plantar en su medio
 
que el universo fuera una hamaca
 
que sus manos me mecieran
 
pero no hay un pinzón
 
ni unas alondras
 
y los pájaros vuelan en los sueños
y son mudos y oscuros
y nada 
escapa de ellos
pues solo son 
escarcha venida de la noche.
Share

Planetary

Si pudiera ser feliz
como esas personas que suben al planetario
en sus coches de seis cilindros y sus ropas de domingo
y van de la mano y hablan
con ruido insustancial
sobre el firmamento

y no tienen necesidad de drogas legales
ni de charlas con doctores especialistas 
que persiguen con saña
la afición por la melancolía
y que por la noche concilian el sueño
y no tienen esta vigilia entre los ojos

Si pudiera ser feliz
como las personas que caminan por el planetario
y parecen ser buenos vecinos 
que por la mañana 
acudieron al templo y comulgaron
con fe inaudita
en cualquier dios

Si pudiera ser feliz

contemplando el vuelo de los planetas
de nuestro sistema solar sobre este cielo
y no pensara amargamente 
en que esta proyección imaginaria
ha sido creada para enseñaros
planicies que nunca serán holladas
por mis pies

ni por ninguno de nosotros

si pudiera ser feliz y tener esperanza

viviría en el planetario
no me importaría que este reflejo 
de las cosas más bellas del universo
me estuvieran siempre vedadas

si pudiera ser feliz
Share

Negando el olvido

José María López Jiménez y Rafael Muñoz Zayas

“Soy el que soy y niego el olvido”

Rafael Berrio

Era finales de junio de 2015. Lo sé porque estaba aquellos días durmiendo en el Rincón de la Victoria, en casa de mis padres, cuando mi padre estaba convaleciente y enfermo y quedaban pocos meses para que falleciera. Eran días en los que me levantaba muy temprano para que me diera tiempo a cumplir con mi ritual matutino y bastante cansado, pues aquellas noches las pasaba en el duermevela del que acompaña a un enfermo, no dormía en mi cama y tenía a mis hijas conmigo, fuera, los tres, de nuestra casa, pues ellas ya no tenían clase en el colegio.

Era finales de junio de 2015. Lo sé porque era mi primer verano, en mi tercera etapa, en La Cala del Moral. Eran días en los que me levantaba muy temprano, bastante cansado, tras atender durante todo el día anterior a mis tres hijos pequeños, pues ya no tenían clase en el colegio (“dormir, despertar… volver a dormir”), para que me diera tiempo a cumplir con mi ritual matutino y dirigirme al trabajo en Málaga.

(“Los dones de la infancia. El mármol y la cruz”).

En una de aquellas mañanas en las que conducía hasta el trabajo, noche oscura, cerrada, y aún amaneciendo, ya se sentía en el frescor tenue de la mañana la proximidad del calor que rompería al mediodía. Sintonizaba la radio por cierto azar, ya que normalmente llevaba un pendrive con mis propias canciones (Battiato, Sabina…), en uno de esos programas de Radio 3 (Músicas posibles) lleno de pequeños hallazgos y decepciones fue en el que emitieron un corte de diez minutos del último disco publicado por entonces por Berrio, Paradoja (Warner Music Spain). Fueron tres canciones las que emitieron que, quizás por el momento vital, me alcanzaron de lleno.

Niente mi piace, Yo ya me entiendo o la genial El mundo pende de un hilo abrieron la caja asombrosa (por lo discordante) del poeta donostiarra. Este hecho en sí hubiera merecido un post por sí mismo.

Sin embargo, en este mundo donde la amistad es un regalo que se recibe normalmente cuando niño, que aquel mismo día, en distinto lugar, bajo circunstancias distintas, José María escuchara las mismas canciones y recibiera el mismo impacto por ellas, volvió a Rafael Berrio y al día en el que simultáneamente accedimos a su mundo poético y musical José María López y Rafael Muñoz en un hecho de múltiples coincidencias llenas de casualidades extraordinarias. (“Con el arpa y con el claxon. Con la córnea y con el filo”).

Sin embargo, en este mundo donde la amistad es un regalo que se recibe normalmente cuando niño, que aquel mismo día, en distinto lugar, bajo circunstancias distintas, Rafael escuchara las mismas canciones y recibiera el mismo impacto por ellas, volvió a Rafael Berrio y al día en el que simultáneamente accedimos a su mundo poético y musical Rafael Muñoz y José María López en un hecho de múltiples coincidencias llenas de casualidades extraordinarias (“Contra la lógica, a la flor del sinsentido”).

El día 31 de marzo José María etiquetaba a Rafael en una publicación de Twitter donde lanzaba al mundo un verso de Rafael Berrio.

No sabíamos aún que había fallecido, ese mismo día, el creador de un mundo poético y musical redondo en su disco 1971, quizás el poemario más completo de su carrera en solitario, en el que Diarios, Paradoja y Niño futuro deslumbran por su lírica capaz de sortear entre riffs de guitarras eléctricas la desdicha de este tiempo que vivimos y que hemos de perder forzosamente (“No es la existencia, yo ya me entiendo”).

Esperamos que Rafael no muriese sólo, o sí. Cierta ambición de ser un maldito, cierto sueño de morir en las calles borracho, entre mujeres desnudas (“Los senos desnudos de la meretriz”), citando a los simbolistas franceses. El culto, ácido y contracorriente Rafael Berrio. Seguiremos soñando con ese encuentro ideado que nunca se produjo. Descanse en Paz. Le echaremos de menos.

Share

seaman

en algún momento de su vida
en algún momento antes de que llegara la espuma
antes del pecio de los buques encontrados en la derrota
antes de que la quilla soportara el peso del invierno
y quisiera
ser
válido
para esos rompehielos que cruzaron por el ártico
en lo más duro del invierno
o que desafiaron el mar de Bering
o que se adentraron ciegos
hasta la más inhóspita
y fría
y solitaria
bahía
en algún momento de su vida
cuando arrojó la gorra por la borda
y mordió hasta romper el cabo de una cuerda
de la que podía
haberse colgado
en algún momento
el marino
que añoró la bandera pirata
y el tonel de ron y la manzana podrida
y un mes de calma chicha
varado
en medio del océano
en algún momento
cuando ya nadie lo esperaba
ató el cabo del arpón
a su pierna sana
y se lanzó contra Moby Dick
y nada le importó

en algún momento Acab
decidió ser
nada

no mar
ni luz

solo nada
Share

Camino arriba

Cuando era niño a mi padre
le gustaba hacer el camino
que subía hasta Gibralfaro

todavía calle Alcazabilla era un recodo del bosque
por el que por sorpresa la ciudad desaparecía
y avanzabas por una carretera sinuosa
hasta lo alto del cerro
donde una fortaleza en ruinas
contemplaba la ciudad

la mano de mi padre era un nido,
el cabo de una cuerda
por el que era fácil trepar,

y mi padre caminaba a buen ritmo,
pero cuando coronábamos la cima
jadeaba y sudaba y escondía los ojos
bajo unas gafas de sol
de lentes gruesas y oscuras
que no te permitían saber
qué se ocultaba tras sus ojos

apenas mascullaba unas palabras durante todo el camino,
me advertía de los nidos de procesionarias,
de lo malo que era ser yonqui,
de lo hermoso que era el mar cuando salían a pescar
mi padrino y él los fines de semana
y cómo los peces de colores se vuelven grises
cuando los sacas del agua
y se agitan
y se mueren

y si sentía un mochuelo cerca nuestra recordaba
aquel pobre pájaro que le sirvió de merienda, almuerzo y cena
un día de esos en los que después de la guerra
siempre tenía la sensación
de estar hambriento

cuando era un niño a mi padre
le gustaba ver las ruinas de la alcazaba
y se fumaba un Winston mientras miraba el mar
recostado en un muro derruido
y tiraba a los pozos piedras negras
que se guardaba en el bolsillo,
camino arriba,
y las colillas de cigarros
apuradas hasta el filtro
las pisaba sobre el suelo de grava,
pero,
en algún momento,
dejamos de hacer ese camino,
dejamos de caminar juntos
un día que no puedo concretar el memoria,
y ese instante se ha convertido
en algo que se dejó de recordar
como ya nadie recuerda al mono
de la esquina
de la gasolinera Alaska

y un día de estos
no quedará nadie que recuerde a mi padre

y su paso por esta vida será igual que la de un mono

y también se morirán mi madre
y mis hermanas,
y yo mismo,

y mis hijas y las hijos de mis hermanas
se irán también,

y nada quedará de nosotros

y nada habrá que nos recuerde

y nada cambiará en el mundo

ni oscilará la fuerza en el universo
ni a ninguno de nosotros nos importará una mierda
la ruta de los pájaros que migran

aunque eso sí,

cuando era niño
a mi padre le gustaba hacer el camino
que ascendía hasta Gibralfaro
y guardarse piedras, sin decir nada, en los bolsillos.

Share

Quema

quema mi corazón,

quema

y una columna de humo

pequeña y blanca

apenas movida por el viento

se puede ver desde lejos,

casi

diría

que

cualquiera

la puede ver

porque se mueve y oscila

como imagen de un espejismo
sobre la carretera y es hoy

a finales

a finales de septiembre,

y no hay

de forma inminente

un asteroide del diámetro de doscientos millones de bolas de baseball

dirigiéndose hacia la Tierra

pero no importa

porque quema y quema mi corazón
y deja el rastro de un corcho quemado sobre la pared
mientras me alejo y me separo de ti
y apenas somos
el uno para el otro
un recuerdo que se va

y se pierde durante el día

la ecuación que nos despeja

y quema mi corazón

y arde como un bosque hecho ascuas

y se escribe con mayúsculas
la Historia de haberte conocido

mientras me alejo

mientras me separo de ti

mientras apenas somos

el uno para el otro

un recuerdo que se va

y se pierde de nuevo durante el día

 

y luego,

como una muerte súbita

algo como la vida nos llena

 

y por eso quema mi corazón,

por eso arde como un bosque hecho ascuas

por eso escribe con mayúsculas

la Historia de haberte conocido

y amo si tú estás cada segundo

pues sé que si estoy

en el peor de los escenarios

tengo el don de deshacer tu ausencia

y en quince minutos

de nuevo

vencer a toda premura

hecho de barro o nieve

cierto como un cristal raro pulido por cien artesanos

la malla feroz de tu no estar

y el saldo vivo de mi existencia

es como la luz de un faro

algo que emite destellos como un pulsar

y que no puede

sino brillar

sólo

sólo para ti

Share

Cummings

Fue uno de esos días en los que te llamaba a todas horas
y pasaba por la puerta de tu casa
dos o tres veces
con la sana intención
de hacerme el encontradizo,
de que me miraras
con esa mezcla de angustia y satisfacción
mezcladas a partes iguales en tus pupilas:
una tú que quería que me extinguiese
—para siempre, como los dinosaurios—
y la otra tú, la alegre, la que disfrutaba
de saber rendido a este animal,
en la dialéctica del amorodio
de la que tanto hemos hablado.

Pero fue tuya la culpa por entero, tuya,
la de llevarme con tu caminar ágil
hacia un video club, tuya el parar
a llamar a alguien desde una cabina,
de escoger la última peli de Woody Allen
de hace treinta y un años,
de hacerme profundamente viejo
al pensar que casi todo mi pasado
se ha ido deshaciendo en un futuro
que no tiene nada que ver
con ése en el que pensaba,

no es ni mejor ni peor,
es el que escogimos vivir,

si lo pienso mucho
es como el tema de Cummings,
y esos poemas de amor
como una enredadera,
como el verbo roto y atropellado,
como el final del amor en tiempos del cólera
recreado una y otra vez por tu mente,
esa ficción adolescente
del amor eterno
hecho el temblor de mis manos al tocarte,
tan sutil, tan breve,
como esta súbita nostalgia por lo que nunca fue
ni será,
ni es posible
que acierte sobre las palabras
y el juego de los bestias en el patio
y la bendición de abril
que él me dijo
que fue tu cuerpo
mientras los días pasaban
y tus piernas no eran más
los árboles del sueño
en los que quería guarecerme

los días de entonces se fueron agotando,
como se agota un manantial y no renace,
y la tarde sabe ya de tantas despedidas
que cuando la noche la alcanza
deja ya, por fin, de esperar,
esa primera hoja caída
que anuncia la bendición del otoño,
y la arruga abierta entre los ojos
se transforma
en el mal presagio que va llegando,

pero,

fue ese día en el que cummings
se apareció por mi vida
cuando tú empezaste a despedirte,
a convertirte en un iceberg
que se derrama en el mar del tiempo,

y él permanece aquí,
a escondidas,
agazapado,
escribiendo por el huerto,
al acecho del gato, serio, adusto,
el que dibuja con carboncillos,
sin pronunciar apenas una palabra,

pero como tú y yo nos fuimos
el uno del otro
lentamente,
hemos aprendido
que todas las estaciones se terminan,
que cada una de las estrellas que miramos
acaban por consumirse o consumirlo todo,
y así fue ese tiempo de estar juntos,
apenas nada,
mientras espero a que la lluvia
me enseñe de nuevo
tus manos tan pequeñas,
pero todos sabemos que ya no importan,
que ya no nos sirven los reencuentros,
que estamos abonados a las despedidas.

Share