Teniente Brucks

Soy el teniente Brucks.

Sé que ése es mi nombre porque una chapa en la pechera del uniforme así me lo indica: LT Brucks.

No hay nada más sobre la tela verde que me cubre: ninguna distinción, ninguna medalla, solo el ridículo trozo de tela que indica mi rango y, al parecer, algo así como mi honor.

Me quedo unos segundos mirando el distintivo hasta que me doy cuenta de que estoy cansado: debo llevar viajando los últimos días y, además, tengo una enorme sensación de desasosiego (aún no sé muy bien por qué). Quisiera un trago del whisky irlandés que llevo en la maleta, tostado y amargo, flaming pig. No es el momento. Una ligera perturbación nos sacude.

Consulto en mi maletín de cuero dos carpetas con informes y fotografías de Oppenheimer y Oppenmeier. Miro por las ventanillas del avión y veo tierras verdes, llanas, caminos de tierra, grandes agujeros en el suelo y una ciudad semidestruida, o destruida en su totalidad, si me fijo un poco más.

Parece que hay sembrados de tanques y veo camiones y coches destrozados. Todo es tremendamente gris, nubes recorren el cielo. El sol está oscurecido. Me parece, es solo una intuición, que es la misma carretera que une Belgrado con Zagreb, porque no distingo a una sola persona ni puedo ver un cartel de los que señalizan las poblaciones.

Al parecer, estoy en medio de una misión: quieren que decida quién de dos detenidos que se encuentran cerca de Berlín es Oppenheimer. En principio, parece que no tendré dificultad en distinguirlos. Julius Robert Oppenheimer es un tipo alto y huesudo con mirada franca y ojos hundidos, fuma en pipa, le gustan los trajes claros de color gris y, al parecer, es un genio de la física atómica. Pensaba que vivía en nuestro país, pero, por alguna razón se encuentra en Alemania de nuevo, y está detenido.

Intercambio una palabras en ruso moscovita con unos camaradas con los que me cruzo al adentrarme en el búnker del Sur de la ciudad. Aún no hay muro, aún la ciudad es una.

En la celda donde interrogo a los dos hombres hace calor y no hay ninguna ventana.

Ambos están esposados, visten los mismos trajes, y son idénticos.

  • ¿Quién es Oppenheimer?

Los dos se levantan al unísono y tratan de levantar las manos por encima de sus cabezas.

  • Yo soy.

Ambos responden. Es una respuesta enérgica que no admite ninguna duda. Se miran, enfurecidos, el uno al otro.

No sé bien qué hacer. La habitación se desdibuja y a cada pregunta que realizo responden exaltados al unísono “yo soy”. Hay dos soldados y un oficial en la sombra, a mis espaldas que, cuando habla por primera vez, me sobresalta: su voz y la mía son la misma.

  • Pregunte una vez más, oficial.
  • Es la última vez que voy a realizar esta pregunta. ¿Quién de ustedes dos es Oppenheimer?
  • Yo soy, responden.

La mano del oficial me aparta y veo que lleva una pistola armada en su mano. Una Lugger, me digo sonriente para mis adentros. Quiero preguntarle cómo la ha conseguido. Quisiera llevarme una a California. Pero un disparo en cada cabeza de los Oppenheimer idénticos me deja mudo.

Y sale de la habitación junto con la escolta, mientras me quedo recogiendo mis papeles, pensando en qué habré fallado.

Quién de mis otros yo habrá apretado el gatillo.

Por qué no, yo mismo.

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seaman

en algún momento de su vida
en algún momento antes de que llegara la espuma
antes del pecio de los buques encontrados en la derrota
antes de que la quilla soportara el peso del invierno
y quisiera
ser
válido
para esos rompehielos que cruzaron por el ártico
en lo más duro del invierno
o que desafiaron el mar de Bering
o que se adentraron ciegos
hasta la más inhóspita
y fría
y solitaria
bahía
en algún momento de su vida
cuando arrojó la gorra por la borda
y mordió hasta romper el cabo de una cuerda
de la que podía
haberse colgado
en algún momento
el marino
que añoró la bandera pirata
y el tonel de ron y la manzana podrida
y un mes de calma chicha
varado
en medio del océano
en algún momento
cuando ya nadie lo esperaba
ató el cabo del arpón
a su pierna sana
y se lanzó contra Moby Dick
y nada le importó

en algún momento Acab
decidió ser
nada

no mar
ni luz

solo nada
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Giroavión

Duermo en una cama pequeña. Estrecha.

Tengo la sensación de que entre vuelta y vuelta rozaré la pared o caeré al suelo.

Tengo los pies encogidos contra el dosel de hierro. Duermo profundamente. Es mediodía. Hablo con un par de traficantes rusos de la importancia que puede llegar a tener para su negocio la adquisición de un pequeño autogiro o giroavión ultraligero.

Ellos desconfían de mis palabras, no comprenden el concepto de giroavión y con malos modos me encañonan con un arma, me golpean en la cabeza, me pegan culatazos en la espalda con sus kalashnikov, me llevan fuera de la habitación y me montan en su coche.

Es un Lada negro.

Dejo de verles, pero en dos microsegundos hemos llegado a lo alto de la cumbre del Mogote y me sitúan a la fuerza en un risco sobre el que sopla frío el viento.

Un buitre cruza sobre nuestras cabezas, suena el silbido del viento roto a su paso.

Sé que voy a morir y miro la subida hacia Grazalema y al San Cristóbal y entonces

suena

un disparo

y se queda todo tan oscuro

que pienso que esto

debe ser la muerte.

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Camino arriba

Cuando era niño a mi padre
le gustaba hacer el camino
que subía hasta Gibralfaro

todavía calle Alcazabilla era un recodo del bosque
por el que por sorpresa la ciudad desaparecía
y avanzabas por una carretera sinuosa
hasta lo alto del cerro
donde una fortaleza en ruinas
contemplaba la ciudad

la mano de mi padre era un nido,
el cabo de una cuerda
por el que era fácil trepar,

y mi padre caminaba a buen ritmo,
pero cuando coronábamos la cima
jadeaba y sudaba y escondía los ojos
bajo unas gafas de sol
de lentes gruesas y oscuras
que no te permitían saber
qué se ocultaba tras sus ojos

apenas mascullaba unas palabras durante todo el camino,
me advertía de los nidos de procesionarias,
de lo malo que era ser yonqui,
de lo hermoso que era el mar cuando salían a pescar
mi padrino y él los fines de semana
y cómo los peces de colores se vuelven grises
cuando los sacas del agua
y se agitan
y se mueren

y si sentía un mochuelo cerca nuestra recordaba
aquel pobre pájaro que le sirvió de merienda, almuerzo y cena
un día de esos en los que después de la guerra
siempre tenía la sensación
de estar hambriento

cuando era un niño a mi padre
le gustaba ver las ruinas de la alcazaba
y se fumaba un Winston mientras miraba el mar
recostado en un muro derruido
y tiraba a los pozos piedras negras
que se guardaba en el bolsillo,
camino arriba,
y las colillas de cigarros
apuradas hasta el filtro
las pisaba sobre el suelo de grava,
pero,
en algún momento,
dejamos de hacer ese camino,
dejamos de caminar juntos
un día que no puedo concretar el memoria,
y ese instante se ha convertido
en algo que se dejó de recordar
como ya nadie recuerda al mono
de la esquina
de la gasolinera Alaska

y un día de estos
no quedará nadie que recuerde a mi padre

y su paso por esta vida será igual que la de un mono

y también se morirán mi madre
y mis hermanas,
y yo mismo,

y mis hijas y las hijos de mis hermanas
se irán también,

y nada quedará de nosotros

y nada habrá que nos recuerde

y nada cambiará en el mundo

ni oscilará la fuerza en el universo
ni a ninguno de nosotros nos importará una mierda
la ruta de los pájaros que migran

aunque eso sí,

cuando era niño
a mi padre le gustaba hacer el camino
que ascendía hasta Gibralfaro
y guardarse piedras, sin decir nada, en los bolsillos.

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Rollerball

Me deslizo por el hielo que recubre el velódromo enfundado en un traje ceñido para caminar por la nieve de un color azul y blanco.

Llevo la mano izquierda contra la espalda. En ella, una pelota de plástico del tamaño de una naranja, pesada y rugosa, como si fuera de golf. La mano derecha, que se mece al ritmo que marcan incansables mis pies, porta una maza de hierro.

Me muevo como si me fuera la vida en ello, mas no veo nada: un enorme foco me ciega y apenas alcanzo a definir la espalda de algún que otro corredor.

Conforme me acerco a ellos, los golpeó sin piedad y caen al suelo, ensangrentados. La multitud entonces ruge.

El ruido lo llena todo.

Ensordecido y ciego, me desplazo contra el miedo.

Debe de ser un estadio de rollerball por el que corro sobre el filo de acero con el que corto el hielo.

Alguna modalidad extraña del juego.

Saberlo da miedo.

Y corro, corro, corro, como si me fuera la vida en ello.

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Quema

quema mi corazón,

quema

y una columna de humo

pequeña y blanca

apenas movida por el viento

se puede ver desde lejos,

casi

diría

que

cualquiera

la puede ver

porque se mueve y oscila

como imagen de un espejismo
sobre la carretera y es hoy

a finales

a finales de septiembre,

y no hay

de forma inminente

un asteroide del diámetro de doscientos millones de bolas de baseball

dirigiéndose hacia la Tierra

pero no importa

porque quema y quema mi corazón
y deja el rastro de un corcho quemado sobre la pared
mientras me alejo y me separo de ti
y apenas somos
el uno para el otro
un recuerdo que se va

y se pierde durante el día

la ecuación que nos despeja

y quema mi corazón

y arde como un bosque hecho ascuas

y se escribe con mayúsculas
la Historia de haberte conocido

mientras me alejo

mientras me separo de ti

mientras apenas somos

el uno para el otro

un recuerdo que se va

y se pierde de nuevo durante el día

 

y luego,

como una muerte súbita

algo como la vida nos llena

 

y por eso quema mi corazón,

por eso arde como un bosque hecho ascuas

por eso escribe con mayúsculas

la Historia de haberte conocido

y amo si tú estás cada segundo

pues sé que si estoy

en el peor de los escenarios

tengo el don de deshacer tu ausencia

y en quince minutos

de nuevo

vencer a toda premura

hecho de barro o nieve

cierto como un cristal raro pulido por cien artesanos

la malla feroz de tu no estar

y el saldo vivo de mi existencia

es como la luz de un faro

algo que emite destellos como un pulsar

y que no puede

sino brillar

sólo

sólo para ti

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Alquimia

Lo más destacado del sueño es que se jugaba el España-Hungría.

De no ser así no entiendo la gran nevada que comenzó a caer en medio del partido: los copos de nieve enormes, a jirones parecidos a trozos de lana, cayendo plácidamente en medio del delirio de las bufandas multicolores de los hinchas y de las pancartas de apoyo a los judíos húngaros presos.

A través de la pantalla del televisor pude ver la nieve cubriendo al linier que corre hasta el córner donde caen el niño Torres y un sujeto indeterminado que, a simple vista, me trae recuerdos de Zapotek, enjuto el rostro y calzados los pies con unas botas de corte militar. Por mi parte, no quiero desafiar al frío y llevo puesto un abrigo largo de color burdeos, aunque la cabeza la llevo despejada.

Estoy delgado, el rosto como hace casi veinte años, pero con marcas profundas llenando los párpados.

No sé qué espero.

Tiene que ser que ando por Budapest porque atravieso un puente que se me hace inmenso, el Széchenyi Lánchid según un cartel a mi derecha, y nadie hay por la calle. Tampoco tráfico. Un coche que solitario rompe silencio y, al desaparecer, lo arregla.

Luego una ambulancia con urgencia sonora, algunos perros junto a la basura de un contenedor verde metálico, unos córvidos negros destacando sobre el cielo. Desde el puente puedo observar el agua ennegrecida del Danubio, pequeñas olas rompen contra los atraques de los ferrys, vacíos, esta noche.

Paso por dos o tres escaparates. No acierto a entender qué dicen los rótulos iluminados, pero en los televisores (CRT, nada de plasma en las pantallas, nada de LCD ni TFT) veo que Hungría va ganando a España mientras cae la nieve sobre la ciudad y el campo de juego. En España ya habrían suspendido el partido.

Sé que voy a su casa, y, si me vieras, parece que ando algo ilusionado, contento. Avanzo con decisión por la calle Bésci. En las botas, mis pies helados, sienten cada paso, como si fueran de plomo golpeando el piso. Dejo a un lado la estación de Erzébet y enfilo la calle 6 de octubre.

La noche ha caído, pero los edificios son los mismos que los que circundan la plaza de la Merced, en Málaga y las viejas farolas de la plaza, de hierro negro forjado y luces amarillentas, iluminan las fachadas grises que, sin mucho sentido, van cambiando a un color cobrizo, a verde oscuro, a morado. A mi derecha hay un parque infantil que casi ha desaparecido bajo el blanco. En algún momento, en esa misma plaza, una muchacha rubia me ha lanzado bolas de nieve en otra vida, o he jugado con ella a esconderme en los macetones mustios bajo el invierno.

Entro en un portal. La iluminación es tenue. Las paredes son tristes como un café con crema frío sobre la mesa. Las escaleras son amplias y parece que en otro tiempo aquella finca fue habitada por gente señorial. Parece que todo rezuma su presencia aunque hace años que se fueron, que saltaron al otro la lado, que dejaron el ser y volvieron a la nada.

Avanzo con lentitud.

He perdido toda alegría.

Me incomodan los faldones del abrigo y noto los pies resquebrajados por la humedad. Los zapatos no son impermeables: si ascendiera por una loma del Everest tendrían que amputar mis pies, si llegase al campamento base. En cierta manera, esta ascensión puede costarme una parte del cuerpo, la movilidad, el olfato, la vida misma.

La puerta de su casa está abierta. Entro sigiloso, como temiendo descubrir qué hay dentro. Dejo de lado la puerta de una salita. Alguien está viendo allí el partido. Camino por un pasillo largo. Los techos son altísimos como el dolor en un poema de Altolaguirre.

Ella está en su cuarto. Toda la habitación está en desorden. Sobre una silla ropa interior, camisetas, unos calcetines. Ella me ve y sale como si yo no existiera. Pero me esquiva al pasar y noto su aroma y llega a mirarme traviesa y triste. Camino tras ella y regresamos a la salita donde un hombre joven, bien vestido me dice que qué hago allí, si no me da vergüenza, y salgo, humillado, hacia la calle. Este dolor me lo he provocado yo mismo, lo sé, camino cabizbajo. Y nieva.

Y todo es, aún, más y más oscuro. Y sé que aunque la estructura de mis sentidos es propia de un animal, nada en mí distingue las formas en la noche ni el olor oscuro de sus elementos. Y aunque quisiera llorar o arrancarme los ojos simultáneamente, me tumbo sobre la nieve y espero que nadie me vea. Y quedarme allí para siempre.

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Cummings

Fue uno de esos días en los que te llamaba a todas horas
y pasaba por la puerta de tu casa
dos o tres veces
con la sana intención
de hacerme el encontradizo,
de que me miraras
con esa mezcla de angustia y satisfacción
mezcladas a partes iguales en tus pupilas:
una tú que quería que me extinguiese
—para siempre, como los dinosaurios—
y la otra tú, la alegre, la que disfrutaba
de saber rendido a este animal,
en la dialéctica del amorodio
de la que tanto hemos hablado.

Pero fue tuya la culpa por entero, tuya,
la de llevarme con tu caminar ágil
hacia un video club, tuya el parar
a llamar a alguien desde una cabina,
de escoger la última peli de Woody Allen
de hace treinta y un años,
de hacerme profundamente viejo
al pensar que casi todo mi pasado
se ha ido deshaciendo en un futuro
que no tiene nada que ver
con ése en el que pensaba,

no es ni mejor ni peor,
es el que escogimos vivir,

si lo pienso mucho
es como el tema de Cummings,
y esos poemas de amor
como una enredadera,
como el verbo roto y atropellado,
como el final del amor en tiempos del cólera
recreado una y otra vez por tu mente,
esa ficción adolescente
del amor eterno
hecho el temblor de mis manos al tocarte,
tan sutil, tan breve,
como esta súbita nostalgia por lo que nunca fue
ni será,
ni es posible
que acierte sobre las palabras
y el juego de los bestias en el patio
y la bendición de abril
que él me dijo
que fue tu cuerpo
mientras los días pasaban
y tus piernas no eran más
los árboles del sueño
en los que quería guarecerme

los días de entonces se fueron agotando,
como se agota un manantial y no renace,
y la tarde sabe ya de tantas despedidas
que cuando la noche la alcanza
deja ya, por fin, de esperar,
esa primera hoja caída
que anuncia la bendición del otoño,
y la arruga abierta entre los ojos
se transforma
en el mal presagio que va llegando,

pero,

fue ese día en el que cummings
se apareció por mi vida
cuando tú empezaste a despedirte,
a convertirte en un iceberg
que se derrama en el mar del tiempo,

y él permanece aquí,
a escondidas,
agazapado,
escribiendo por el huerto,
al acecho del gato, serio, adusto,
el que dibuja con carboncillos,
sin pronunciar apenas una palabra,

pero como tú y yo nos fuimos
el uno del otro
lentamente,
hemos aprendido
que todas las estaciones se terminan,
que cada una de las estrellas que miramos
acaban por consumirse o consumirlo todo,
y así fue ese tiempo de estar juntos,
apenas nada,
mientras espero a que la lluvia
me enseñe de nuevo
tus manos tan pequeñas,
pero todos sabemos que ya no importan,
que ya no nos sirven los reencuentros,
que estamos abonados a las despedidas.

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Variaciones de un tema de jazz

La mejor balada de las Paris Sisters
tocar con mi mano tu cara
apenas lo frágil
de cada uno de los senderos
que trazo con mis dedos en tu mano
este querer pulsar con mi tacto tus venas
bajo la piel de tu cuerpo
y dejar que me abraces
para que tú y yo seamos el acertijo
de cada uno de los deseos
que entre tú y yo se amontonan sobre el mundo,
tambaleando el equilibrio,
el orden de este sistema planetario
donde no hemos dejado lugar
a ninguna gravedad,
cada una de las leyes de la física
que hemos dejado sin argumento,
la línea de tus labios mordiendo
mi boca apenas,
el sabor de todo lo que ha de saber,
el absoluto de mi cuerpo temblando.

Pero solo puedo tener los ojos cerrados,
planear la memoria de todo lo que no ha de volver
crecida sobre mí como un mar inagotable
y soy Ray Charles sobre el teclado
mecido sólo por tus manos
y quisiera vivir enfurecido
en cada pulsión sobre el piano

mientras quiero creer
que no
que no te amo
y creo un universo para ti
poblado por mil millones de galaxias
donde quisiera brillar solo un instante
en esta eternidad
creada a tu medida

y quedar para siempre
en tu memoria
como esos astrónomos
que descubrieron por azar
la existencia de una anomalía en el universo
y fueron cegados para siempre
por el sonido de los laúdes
que tocan tu canción

tu sola canción sólo para mí.

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Una ciencia exacta

Lo que mide el trazo de luz de los cometas sobre el firmamento,
lo que mide la parábola de los planetas alrededor de este sol,
el grosor del hielo de los anillos de Saturno
o la altura del monte Olimpo en Marte
es una ciencia exacta o sus restos,
pues alberga el arcano país de lo pasado,
el fugaz invierno de lo vivido
y la sombra inalterable del óxido
sobre las rejas de una casa
que nunca se debió haber construido,
y ahora convocas a la guardia,
y ahora los convocas a sabiendas
de que nadie regresa de su tiempo,
de que las mismas flores secas de sus libros
y los papeles señalando entradas del diccionario
es lo que queda de una vida,
lo que mide el trazo de la luz de los cometas
resplandeciendo sobre el cielo,
el oscuro corazón del invierno
este Mercurio cegado por el sol
en el que me he convertido,
pues no soy sino arcano del pasado,
lo que se devela como ciencia estéril,
ciencia exacta,
materia gris
deriva
derrota y pairo
y nada,

solo nada:
pura ciencia, ciencia exacta.

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